A la que fue mi primer hogar,
dulce y constante.
A la que me recibió en su cuerpo.
A la que me amó sólo
con conocer mi latido,
aún sin conocer mi cuerpo.
A la que me ha amado
todos los días de mi vida.
A la que me nutrió,
con sonrisas y regaños.
A la que me cuidó
a pesar del cansancio.
A la que me consoló
cuando el llanto
eran mi única respuesta.
A la que me enseñó
a ser valiente,
sin capa sin escudo.
A la cómplice de primaveras
y cobija de inviernos.
A la que cuida desde el cielo
y celebró conmigo.
A la que me sostuvo en silencio.
A la que cuida su cuerpo
y aún más su espíritu…
aún me enseña.
Daniela Flores
