La Oportunidad

Vi cómo mi bolsa se resbalaba, sin poder hacer nada, en menos de un segundo la escuché caer y, enseguida, el crujido de la cerámica romperse en el suelo. 

Cerré los ojos.

No había a quién culpar ni a quién pedir reembolso; simplemente no tuve cuidado y yo era la única responsable.  

Al llegar a casa la saqué. La vasija de mi vela recién comprada estaba completamente rota… pero la cera estaba intacta. 

Observé los pedazos tirados en mi escritorio, piezas rotas sin sentido, sin mencionar el polvillo que se quedó en el fondo de la bolsa junto con las micro piezas que se resbalaban de mis dedos.

El famoso hubiera comenzó a tomar fuerza en mí, dándome opciones de lo que hubiera podido hacer mejor, pero no hice. 

Y yo, la del presente, solo me había quedado con las consecuencias de lo que sí había pasado: el enojo, los pedazos rotos, la decisión de qué hacer con ellos y, entonces también, la oportunidad.

Hace mucho había leído sobre cómo los japoneses, cuando se rompe algo, lo ven como una oportunidad de crear algo hermoso y único.

Tal vez yo no tenía oro en mis haberes, pero sí pegamento, pintura, hoja de oro y el anhelo de reparar mi error. 

¿Hacia quién? 

Hacia mí. 

Así que tomé las piezas. Intenté unirlas tomando la cera como base y, para mi gran asombro, con cierta soltura las piezas caían una sobre otra y, cada vez que lo hacían, me colmaban de satisfacción.

Sabían que pertenecían ahí, pero dejaban un pequeño espacio para el pegamento.

Las partes grandes, cayeron con facilidad en su lugar, pero aquello que se hizo añicos fue imposible de pegar; al menos no con mi grado de habilidad en restauración de cerámica. 

Consideré usar un poco de arcilla para rellenar esos espacios, pero si quería hacer el arte japonés del cual no recordaba el nombre, tenía que dejar ese espacio; la ruptura debía ser visible para que la reparación en oro pudiera brillar.

El proceso de pegado fue más complejo de lo que anticipé. Resulta que el líquido pega todo; al ser viscoso, se desborda al unir dos partes bajo presión. Entonces tuve que aprender a medir la presión que mi vasija necesitaba.

No secaba tan rápido como yo esperaba, pero me estaba dejando ese efecto de río transparente que necesitaba. 

Así que tuve que usar un poco de cinta de pintor para unir las partes en lo que el pegamento se endurecía y esperar que la presión fuera la justa  para no moverlas.

Dos días después estaba listo, completamente seco, pero se veía terrible. A punto estuve de abandonar; total, me compraba otra y ya. No estaba lista para lidiar con el pegamento fuera de su lugar o con la desilusión de que la cinta fuera quien realmente la sostenía en su lugar.

Así pasaron dos semanas. Necesitaba tiempo. Cada vez que la veía quería no regresar, pero también algo me invitaba a hacerlo. ¿Qué había por perder?

Un día, sin agenda, sin preparación mental, sin más, lo hice: le quité la cinta de pintor. Al parecer, el súper pegamento había hecho su trabajo; estaba sólida. 

La dejé así un par de semanas más.

Debo aceptar que tenía un aspecto de collage cerámico, manchado con pegamento seco por todos lados. 

El hubiera apareció de nuevo:

Si hubieras tenido cuidado, si hubieras limpiado el pegamento en húmedo… bueno, pero no lo hice y esto es lo que hay. 

Limpié el exceso de pegamento; con un trapito húmedo se limpiaba bastante bien. Pinté con pintura dorada las uniones. 

Y quedó mucho mejor de lo que esperaba.

Ahora tengo una vela con una cerámica restaurada, que ni diseñándola hubiera tenido ese patrón de vetas. 

Es mía. 

Es única.

Daniela Flores


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