Las puertas del restaurante se abren. No es ella quien las sostiene, es un mozo que corrió a hacerlo. Entra con un paso ligero, casi etéreo, sus tacones suenan como gotas de agua en el pavimento. En cuanto la anfitriona la ve llegar, se le ilumina el rostro y veo cómo la recorre completa con la mirada.
La saluda con cierta familiaridad, de inmediato, el gerente aparece detrás de ella como si la esperara y se suma a la conversación; es él mismo quien la dirige hacia su mesa.
Se le ve cómoda con la atención, está acostumbrada a recibir ese tipo de atenciones especiales. Con un gesto casi imperceptible corta la plática del gerente, que se ruboriza y se da media vuelta para dejarla estar.
Sin buscar llamar la atención, hizo que todo el lugar volteara a verla. Pasó junto a una pareja, el hombre la volteó a ver de pies a cabeza: deseo. Miró de reojo a la mujer, pareciendo indiferente. Ella la miraba, con enojo…no, envidia.
¿Hace cuánto será que su esposo no la ve así? Ella hace una mueca; él se aclara la garganta y reajusta su mirada en el menú.
La mujer parece ajena a las miradas y a lo que provocó entre esa pareja. Se sienta en la última mesa, alejada de todo, saca su libro y se sumerge en la lectura, que solo interrumpe cuando la chica del restaurante le da la carta.
Le sonríe y asiente con media sonrisa en el rostro. Al parecer, le pregunta algo respecto al libro que tiene entre manos. La chica se emociona y comienza a mover las manos mientras habla cada vez más rápido, como una colegiala; ella solo le sonríe y vuelve a asentir.
No parece una femme fatale, pero dos o tres hombres más pasaron y la miraron. Viste de una forma sencilla: una blusa blanca y unos jeans amplios; el toque lo dan las botas burdeos de infarto que trae. Tiene un par de pulseras en el brazo, que corren libres cuando cambia la página.
Los collares juegan entre su blusa y su pecho, tan discreto como su maquillaje. Se ha colocado las gafas al leer. Lleva el cabello suelto, le cae por todos lados en ondas que se contradicen entre sí.
Sigue en su lectura. Un mensaje entra, su rostro se descoloca. Quisiera saber qué leyó: en un segundo deja de parecerme extraordinaria, como si a ella también el mundo pudiera molestarla.
Parpadeo y la enfoco de nuevo. Ahora la gravedad le afecta el rostro y la ligereza etérea con la que entró se ha perdido.
Escribe. Borra. Vuelve a escribir. Deja el móvil en la mesa, levanta la mirada y saca un suspiro por la boca, el flequillo se le mueve y la lágrima que combatía por salir corre libremente por su mejilla. Sin importar quién la observa, la deja correr. No la detiene. Sigue con los ojos cerrados, toma la servilleta que tiene doblada al lado de su taza de café y se seca la lágrima que se rebeló.
Abre los ojos y agradezco que mantenga la mirada en su mesa; de otra manera, se daría cuenta de que estoy inmersa en ella.
Toma el teléfono, decidida, y escribe sin borrar, o al menos eso me imagino yo, un ultimátum seguro. Ahora en su rostro ya no hay ligereza, ni decepción, es fuego puro. Los dedos corren por el teclado y veo cómo lo envía. Casi puedo ver cómo se pintan esas palomitas en azul, y una sonrisa aparece en su rostro. La ligereza de cuando la vi por primera vez reaparece.
La chica que la atiende se acerca. Ordena y le pide que limpie el lugar de su acompañante, solo será ella.
—Otra vez —creo que dice entre dientes.
Mi cita llega, tengo poco de conocerlo. Es lindo, un poco old school, sin redes sociales, paga la cuenta y me abre la puerta. Me gusta eso, y bastante.
Antes del postre me excuso para ir al baño, le doy un beso muy cerca de los labios y eso lo descoloca. Siento cómo me sigue con la mirada antes de desaparecerme hacia el cuarto de baño.
Al empujar la puerta, escucho una voz discutiendo. Con precaución entro, no hay nadie; la voz viene desde una de las cabinas. Hago un ruido fuerte para que sepa que hay alguien más ahí.
—Eres un estúpido, no quiero seguir hablando… —escucho decir mientras se abre la puerta.
En el reflejo del vidrio la veo salir, tiene los ojos vidriosos y el fuego que vi antes ahora es un incendio. Me sonríe mientras se observa al espejo, se limpia las lágrimas atoradas, y se pinta los labios.
Yo sigo a lo mío. Sin más me dice:
—No entiendo cómo lo haces…
La miro con extrañeza
—¿A qué te refieres? —aclaro.
—A salir con hombres casados —me suelta.
Palidezco. Escucho el chorro del agua correr. Mis manos no sienten nada, mientras mi cara desencajada la mira en el espejo.
—Hoy es nuestro aniversario… —hace una pausa— supongo que fuiste mi regalo.
Un par de lágrimas gruesas corren por mi rostro. Me toca el hombro. Brinco del sobresalto, la miro a los ojos y me responde con media sonrisa cargada de lástima.
No sé, si es por ella o por mí, o tal vez por el pobre infeliz que me espera en la mesa.
Sale, etérea, como la primera vez que la vi.
Daniela Flores
