En una meditación, hace unos meses, me vi en una torre y desde ahí podía ver mi destino.
La torre me proporcionaba una sensación de seguridad; aunque realmente no sabía de qué me protegía. Solo era la idea de que esa torre representaba seguridad, estabilidad.
Mi destino se veía hermoso. Lleno de verde, agua, naturaleza, posibilidades, expansión; real. Pero yo estaba en una torre. ¿Cómo llegar a él? Estaba a distancia y, aparte no estábamos al mismo nivel. Mi destino estaba a nivel de piso y yo en una torre, en lo alto.
Supe que la única forma era andar el camino. No tuve miedo. Esta seguridad que me daba la torre, ya no la necesitaba.
Comprendí entonces, el valor de las torres. Esas situaciones que creamos que nos alejan del destino de nuestra alma.
Nos muestran a qué sabe la falsa seguridad, pero también nos dan perspectiva para saber qué es lo que realmente deseamos. Nos dan la altura para poder reconocer el verdadero llamado de nuestra alma.
Entonces la torre se derrumbó. No sentí miedo. Me sentí segura, a nivel de piso el camino no se ve como desde arriba; sin embargo, estoy más cerca, porque al menos puedo andar el camino.
Me sentí orgullosa. Por mucho tiempo solo quise volar desde la torre a mi destino. En ese momento quise caminar el camino, pues sé que inevitablemente el llamado a mi destino es más fuerte. El camino, dejó de ser algo a evitar, que sea andado me da emoción, algo que antes me provocaba resistencia.
Andar el camino es una invitación a retomar el valor de mi experiencia humana: apreciar las torres, permitir que se caigan cuando ya no sirvan, andar el camino y apreciarlo como la preparación para el siguiente paso.
El destino, eso que nuestra alma desea vivir, no es un lugar fijo. Es una energía.
El camino no es claro, está lleno de hierba. Pero descubrí que sé como quitarla, sé hacia dónde tengo que abrirme paso. Es más lento que volar, tiene menos certeza que la torre; pero tiene movimiento, es vida en acción, y eso es delicioso.
Así que si te encuentras en una torre y alcanzas a vislumbrar algo que te llama, obsérvalo bien. Enamórate. Y cuando ese deseo sea más grande que la comodidad de la torre —o cuando sea tiempo— se va a caer. Ten en cuenta que eso que viste está más cerca, aun, cuando ahora veas menos que antes.
Tu alma, sabe el camino, sólo tienes que andarlo, paso tras paso, quitar rama tras rama, y cuando menos lo veas, ahí estás.
Además, el camino, tiene vistas increíbles que desde la torre se veían como montones de tierra. Tiene cielos colmados de estrellas, lunas brillantes, lagos cristalinos, fruta fresca y aventuras que tu alma desea.
Daniela Flores
