La otra vez lo entendí…
Cuando te dices algo que no quieres sobre ti, le abres la oportunidad de tener un espacio en tu casa que se llama vida.
Imagina que tu vida es una casa.
Esta idea pasó por la calle la viste y emitiste un juicio. Volvió a pasar y te le quedaste mirando, tal vez con desagrado. Tanto, que volteó a verte. Fijaron miradas y se acercó a la acera.
Al día siguiente ya no la buscaste con la mirada.
Estaba ahí, detrás de la cerca, en tu jardín, jugueteando con tus flores.
—¿Quién te invitó? —preguntas.
—Tú. Me miraste tan insistentemente que me acerqué a la acera. Después dijiste algo sobre ti y la reja se abrió para mí. Intentó pasar otro, pero le dijiste que tenías que trabajar en no sé cuántas cosas antes de que pudiera entrar. Así que pasé yo.
—Pero yo sí quería al otro… aunque sí debo trabajar un montón primero. Al menos para tener eso.
—Sí. En cuanto pensaste eso, la reja terminó de abrirse para mí porque al parecer no tienes que trabajar nada antes de que yo entre… —dice con orgullo, tu lo miras con incredulidad— y el otro que ya tenía un paso dentro del jardín se salió diciendo algo sobre mi energía que era bajita o algo así… y que no podíamos convivir en el mismo lugar. Y por eso estoy yo aquí.
Miras hacia la calle, con un poco de desespero y todavía alcanzas a ver al otro alejándose, siente tu mirada y se para en seco.
Podrías llamarlo, abrir la reja y pedirle que vuelva. Incluso ahora podrías voltear hacia esta idea que juega con tus flores y decirle:
—Tú, fuera— después de todo, solo está en el jardín.
Pero haces otra cosa.
—Bueno, pasa a la sala. Tengo que trabajar mucho para que el otro venga, pero tengo una idea. ¿Y si te baño y te arreglo? Te voy a poner ropa brillante y afirmativa, tal vez eso eleve tu vibración.
Tal vez el otro regrese y quiera quedarse, piensas.
—No sé, tal vez… pero eso no me va a cambiar, te advierto.
No escuchas la contradicción, ni el esfuerzo, ni el cansancio, ni el estrés de meter esa idea en una ropa que no le va.
De igual manera, le das un espacio, lo vistes de tu energía y en la espera de lo que realmente quieres regrese le das un cuarto.
Y quizá ahí estuvo la confusión.
Pensaste que, porque había llegado hasta tu jardín, ya era tuya y tenías que hacer algo con ella. Entenderla, mejorarla, sanarla o peor aún convertirla en un proyecto de conversión.
Nunca se te ocurrió simplemente decirle:
—Tú no eres lo que quiero, gracias por mostrármelo.
¿Cuántas veces has maquillado una idea errónea sobre ti con positivismo, con esperanza, con buenas intenciones, cuando lo que no coincide es la idea misma?
Y todo eso que es abono y alimento para quién eres solo termina enmascarando el olor de lo que no eres.
Porque una cosa es que una idea pase por tu vida y otra muy distinta es hacerle espacio como si dijera una verdad absoluta sobre ti.
Daniela Flores
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