Un día pasas por una tienda, te asomas al escaparate y alcanzas a ver dentro… y te quedas muda.
Detrás del vidrio.
Eres tú, pero diferente.
Intentas llamarla, levantas la mano, pero te detienes.
Al ver tu reflejo en el vidrio, te acicalas el cabello y das un sorbo a tu bebida helada.
La observas. No deseas interrumpirla.
Tienes la mano helada y, sin perderla de vista, buscas una servilleta en el fondo de tu bolsa.
Lees el nombre de la tienda: Happy Dreams.
—Ah, claro… —ruedas ligeramente los ojos.
¿Estaré soñando?, te cuestionas, y haces la prueba del pellizco…
—¡Auch! —gritas.
Te sobas el brazo. Das otro sorbo.
La persona que pasa a tu lado te voltea a ver; tú le sonríes en modo: ups, así soy… rara.
Y no sabe cuánto…
Tu curiosidad te gana y vuelves a buscarla.
Al final, solo la miras.
Qué bien le va… piensas mientras jugueteas con el popote en tu boca.
La vida, la ropa, el aire que porta… no sabes bien qué.
Te corriges: qué bien me va.
Mientras te limpias la comisura con un cachito de servilleta que logras desenvolver del vaso que tienes en la mano.
Cuando pasa frente a ti, te quedas quieta. No quieres romper la ilusión o el doblez equivocado de realidades que permitió esto.
La ves alejarse… te quedas con la mirada perdida en el reflejo.
Te acomodas la bolsa y le das un sorbo a tu matcha.
Hay algo diferente.
Daniela Flores
