No estaba buscando nada.
Pero encontré algo escondido en una pared.
📍 Londres. Museo. Y algo que no debía haber encontrado.
Una Historia para Compartir.
Estaba en el museo V&A esperando a que la influencer se tomara la foto en la escalera principal. El eco de las voces subía por las paredes, la luz caía desde lo alto iluminando el mármol frío, y las escaleras parecían un escenario que un simple pasillo.
Me recargué ligeramente en la pared, lo suficiente para mis dedo tuvieran el espacio para juguetear con la rugosidad de las uniones. Siempre ha gustado sentir las texturas, com su pudiera tocar la historia con las yemas de mis dedos.
Al parecer, el ángulo no le favorecía y tomó otra tantas del otro lado. En verdad esas fotos que vemos en Instagram no son “naturales”: llevan mucho trabajo.
Mientras estaba ahí esperando contemplaba esas hermosas escaleras, tomaba mis propias fotos y pensaba que esas paredes sabían más que los libros de historia. Quizás habían escuchado confesiones susurradas o habían visto encuentros furtivos.
Sin duda habían sido cómplices de amores, traiciones y venganzas. Bueno, tal vez, he leído demasiadas novelas históricas, me dije, mientras dejaba caer todo mi peso contra la pared con las manos detrás. La historiadora en mí decía una cosa, la turista aburrida otra.
En un afán de apaciguar mi impaciencia, mis dedos comenzaron a jugar con un papelito que sobresalía y se atoraba con la yema de mi dedo índice. El crujido áspero del papel contra la piedra, un polvillo gris que se quedó en mi dedo, me indicaban que había algo ahí… o tal vez, que debía parar antes de destruir un edificio histórico.
No lo hice.
En ese momento, solo quería sentir la satisfacción de desenterrarlo. ¿Alguien más aquí con la manía de desenterrar cosas de la piel, de las paredes, de la gente? Bueno, esta es una de las mías.
Supongo que no soy buena guarda dando secretos, ni siquiera de las paredes.
¿Qué será?
Mi necesidad de seguir escarbando fue más fuerte, y no paré hasta que sentí un pedacito de tierra entre mis dedos.
¡Ay!, que no haya dañado una pared histórica, mi seguro de viaje lite no cubre dañar un inmueble histórico.
El papelito con el que había estado jugando estaba incrustado entre dos piedras históricas que componían la pared. Realmente era fácil de desenterrar, pero como nadie pasa tiempo pegada a las paredes, se había quedado ahí.
Tenía que saber qué era, así que, sin pena, jalé el papelito y escondí el escombro con mis pies. Como lo hacía cuando era niña y tiraba las migajas justo después que mamá acabara de barrer.
Saqué el papelito y lo guardé bajo la manga de mi suéter como si se me fuera la vida en ello. Me sentí como niña cuando te pasaban un mensajito que no querías que viera la maestra.
Ya en la privacidad que el baño me daba, descubrí que mi descubrimiento no era nada antiguo, para mi decepción: era un billete de un dolar enrollado.
Al desenrollarlo encontré un papel razgado que dentro que decía:
“Vine a buscarte a nuestro lugar y me quedé esperándote aquí toda la mañana, no volveré a intentarlo. Te dejo nuestro dólar de la suerte para mí ya no lo es. Pensé que haberlo reencontrado significaba algo, pero creo que solo fue una forma de cerrar nuestra historia. Gracias por los recuerdos, Mark.”
Mi corazón se rompió un poco.
Me quedé ahí sentada con esa historia sin final feliz en las manos, mirando perdidamente el dólar con esa declaración mutua que había recorrido el mudo y terminado ahí entre paredes que guardaban historias. Sentí un vértigo extraño, había abierto una puerta que no era mía.
¿Qué había pasado con Cara? ¿Por qué no había ido a la cita?
Recorrí el museo con esas dos preguntas en la mente, cuando llegué a la sala de tesoros antiguos de Asia ya se habían multiplicado: ¿Ahora que hago con esto?, ¿reunirlos?, ¿buscarlos?, ¿Cara sabía que Mark sí había ido?
Guardé el dólar en una bolsita especial, ya no era solo un billete, era la prueba de un amor. Les digo que he leído muchas novelas históricas y románticas otro poco.
Recorriendo el museo, me topé con los pequeños relicarios pintados a mano que se enviaban como pruebas de amor a los prometidos, aquellos que se llevaban cercanos al corazón. Y es que el ser humano siempre ha tenido cierta tendencia al romance, a llevar algo con nosotros que nos recuerde a las personas que amamos.
En los relicarios pintados, en un dólar arrugado o en la pantalla iluminada de un celular: las formas cambian, la intención permanece.
En eso, un mensaje entró a mi celular: era de mi mamá para desearme un buen día, aunque para mí ya era casi hora de comer. Sonreí: ahora los llevamos en el celular, tal vez, por eso han tomado esa importancia, porque nos aceran a las personas que amamos.
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Terminé ese día con un pastel de zanahoria y un café en la fuente del patio trasero del museo, rodeada de familias, amigos, amantes que tonteaban, con la historia de amor de Alberto y Victoria que cimienta este museo. La historia en los relicarios, las lecciones de amor propio del Songbook Trail de Taylor Swift, la historia que guarda ese dólar que ahora guardo como un gran tesoro.
El amor me había acompañado ese día al museo, sin nombre ni apellido, ese que existe al rededor nuestro entre los huequitos que crea lo conocido y lo desconocido.
Pasaron un par de días y las nuevas experiencias fueron diluyendo mis preguntas sobre el dólar y la historia sin final feliz que envolvía. ¿Qué hacer con él y sus protagonistas?, ya se me mostrará pensé.
Ese día me tocaba explorar la zona del Soho, que mi guía del tour anterior había recomendado y tenía marcado en mi mapa de cafecitos por visitar a uno llamado Hideaway Coffee House con cuatro punto siete estrellas en Google y un Insta expectacular.
Tuve que caminar un par de calles desde la bajada de mi bus en Piccadilly, y me alejaban poco a poco de su bullicio y de sus tiendas. Mientras caminaba por las calles menos transitadas, con los restaurantes cerrados y los restos de la fiesta de la noche anterior, me preguntaba cómo un lugar que se veía tan lindo podría estar por ahí tan escondido.
Di mal una vuelta, afortunadamente me pude regresar a tiempo, debo confesar que por poco me rindo, no soy muy diestra para seguir instrucciones ni para ubicarme aún con San Google en mis manos.
Antes de darme por vencida, me dije realmente quiero ir, las reseñas eran buenísimas y me quedaban pocos días en la ciudad. Estaba tan cerca que rendirme e irme a uno de los cafés de la avenida principal; cuando volteé a la izquierda y y mi compañera de viaje, con su voz robótica, me dijo: tu destino está a 5 metros.
Entonces vi el pequeño pizarrón con el letrero de la cafetería indicándome que ahí estaba la entrada.
Celebré mientras pasaba un pequeño túnel y una reja abierta me daba la bienvenida. En seguida entré a un un pequeño jardín, colmado de flores multicolores y plantas, que compartía varios edificios antiguos que hoy son oficinas y comercios.
Encontré la cafetería fácilmente. Dentro parecía una máquina de reloj pequeña, pero todos trabajando en armonía.
Pedí un croissant con jamón y tomate y un latte. Cuando salí, justo se desocupaba una mesa. Los usuarios anteriores me hicieron la sonrisa de simpatía que se hace uno con extraños, en modo de “claro, quédatela”. Ahora que lo pienso esa sonrisa es universal.
La limpié con alcohol un pequeño hábito ansioso que me quedó después de una pandemia global.
Ya que terminé, saqué mi celular y comencé mi búsqueda: alguien más tendría que haber subido ese billete a las redes… San Google lo encontraría, estaba segura.
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Estaba inmersa en mi búsqueda, en mi pequeño pedacito de jardín secreto , cuando una chica se acercó para pedirme si podía compartir mesa. Ya que el lugar era concurrido y tenía pocas mesas.
Usé la sonrisa universal de claro, adelante y se sentó.
Tenía los ojos hinchados, como alguien que había llorado o apenas contenía lágrimas, y su voz sonó suave, tímida.
—¿Trabajando?
—No, estoy buscando un billete.
Por su reacción supe que quería saber más, así que comencé a contarle la historia.
Como veía que seguía interesada proseguí, muy agradecida: era una gran historia y llevaba dos días en mí sin usar sus alas, porque, según yo, era una historia para compartir.
La chica comenzó a llorar. Entonces ya no supe que hacer. Sí, era una historia bella, romántica tal vez, pero, ¿para ponerte a llorar?
—¿Estás bien?
—El nombre en el billete es Cara, ¿cierto?
—Sí, así es.
Ahora la asombrada era yo.
—Yo soy Cara. Y sí fuí, claro que fuí. Pero cuando llegué, no estaba. ¿Puedo ver la nota?
Entonces me sentí una intrusa: había leído correspondencia privada mientras dañaba patrimonio histórico.
—Claro— le contesté, mientras lo sacaba de la bolsita de tela donde lo había guardado.
Cara, lloró. Sus dedos temblaban mientras lo sostenía y lo acercaba al rostro, como si necesitara asegurarse de que era real.
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Me mostró el mensaje que le había mandado el señor que vivía en su viejo apartamento. Sin poder pronunciar palabra, tomé el teléfono y lo leí. Le había escrito el 11, como en el billete; por eso a ella le hizo sentido; me explico cuando recuperó la compostura y pudo hablar.
Pero la nota de Mark decía 12: ella había ido un día antes. Por eso no encontro la nota ni a Mark. Simplemente, se había quedado esperando.
Entonces fue ella quién me contó la historia.
Se habían conocido 10 años atrás, unos días antes de la fecha del billete. Tuvieron una química increíble, recorrieron la ciudad juntos, tuvieron múltiples citas, pero el entraría a una maestría con una beca que había ganado y tenía que regresar a su país; ella tenía una vida ahí era curadora junior de un museo al sur de la ciudad.
Así que ella le dijo: dame un dólar, y puso su número fijo detrás excepto los últimos dos dígitos: 4 y 3. Si este billete llegaba desde Londres a NY y si ambos estaban disponibles, se reunirían en las escaleras donde se conocieron.
—Yo puse el número fijo de mi flat, con una contestadora. Pero los años pasaron y deje de esperar la llamada; sin embargo cuando lo renté la única condición fue conservar la línea y la contestadora. Si Mark llamaba me contactaría. —hizo una pausa, mientras veía el mensaje— Pero el señor envió otra fecha. Hoy sé que sí me vino a buscar.
Me quedé viéndola, en silencio, sin saber que decir.
—Tengo el número desde el que marcó. Sabes, en esa época nos pareció romántico dejarlo al destino, pero con el paso de los años Mark siempre ha estado ahí, aquí —dijo mientras se tocaba el pecho— cuando me pasa algo bonito, cuando una cita es desastrosa, cuando la única relación seria que he tenido se terminó y me sentí aliviada. Ahí ha estado Mark y me pareció una completa tontería haberlo dejado al destino pero ya no más.
Cara tomó su billete, su mensaje y lo guardó en la misma bolsita que yo lo tenía. Insistí en que se la llevara; intercambiamos números y puede soltar esa historia que solo me atravesó, pero que no era mía
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Pero, ¿seguro quieren saber qué pasó?
Días después, en camino a Ámsterdam, mi siguiente destino, Cara me mandó una foto de ella, Mark y el dolar, con un mensaje que leía:
“Gracias, por no dejar que nuestra historia de amor muriera. Y sí, puedes contarla. Esperaré la entrada en tu blog, para leerla.”
Así, es como nos tejemos unos a otros, siendo parte de las historias de los demás. A veces sin darnos, cuenta otras muy conscientes de ello.
Y pensé en aquellas paredes del museo, las mismas que habían guardado siglos de secretos. Ese día me prestaron uno más, para recordarme que seguimos escribiendo historias, aunque no sepamos que alguien, en algún lugar, las leerá.
Daniela Flores
