¿Alguna vez… te has observado existir?
¿Has notado la respiración tibia salir de tu cuerpo,
el ascenso leve de tus pulmones…
el instante exacto en que el aire deja de pertenecerte?
¿Has observado… cómo desdoblas tu realidad sin darte cuenta?
¿En qué momento organizaste tu vida alrededor de creencias que ni siquiera elegiste?
¿Cómo llegaste aquí?
Esas eran las preguntas que corrían en su mente, acostada en el piso de un hotel frente al mar.
Su mirada se perdió observando cómo las cortinas combatían el viento. Colocó una mano en el corazón y observó cómo su ritmo acelerado se unía a las olas picadas del mar. Extrañamente, eso la tranquilizó y su respiración recobró su ritmo habitual.
Se secó las lágrimas de los ojos y el anillo le rozó la mejilla.
Extendió su mano, con el ventilador dando vueltas en el fondo. La piedra brillaba. Era una maravilla, una que continuamente le pesaba. No podía pintar con ella. Temía dañarla… en realidad, siempre la sintió prestada.
Delicadamente, lo retiró de su dedo. Su mano permaneció extendida.
La observó… desnuda, pensó.
Giró ligeramente la muñeca, esperando encontrar la marca que la piedra había dejado. Pero no había marca, solo la piel intacta, sencilla.
La sostuvo en el aire unos segundos más. Y soltó una respiración contenida. Sintió entonces la ausencia.
Sus dedos se movieron apenas. La rigidez que antes habitaba en ellos ya no estaba. No había nada que sostener. Nada que equilibrar. Nada que proteger.
Respiró.
Volteó el rostro.
Y miró sus materiales de pintura. Sonrió ante lo bien que pertenecían, como ella, a ese lugar con las paredes casi desnundas, excepto por un tejido blanco, las telas blancas alrededor de la cama y el suelo de pequeños adoquines color tierra.
Un golpe suave interrumpió su atención en el movimiento constante del ventilador.
No se movió. La tensión regresó a ella, se quedó inmóvil, hasta que el golpe se repitió, esta vez acompañado de una voz amortiguada al otro lado de la puerta.
—Señorita, tengo sus toallas— dijo.
Observó el sonido llegar hasta ella y disolverse.
—Pase —contestó, aliviada.
La puerta se abrió con cautela. No se incorporó. El aire cambió apenas cuando la figura cruzó el umbral. Echó la cabeza hacia atrás y se topó con la mirada del chico. Le intrigó verla tirada en el suelo.
Ella le sonrió, y le indicó que colocara las toallas a unos pasos de donde se encontraba. Entró sigilosamente, consciente de que estaba irrumpiendo.
—¿Algo más? —preguntó, un tanto nervioso después de colocar las toallas sobre la cama.
Ella respiró profundo.
—No, todo está bien.
El chico salió tan rápido como pudo, huyendo de la incomodidad que le había provocado la situación. Ella ni lo notó.
Volteó a ver las toallas, tenía un día completo sin bañarse. Y la sensación de pesadez en todo su cuerpo se intensificó.
Dejó el anillo en la mesita de noche, lo miró un rato ahí, fuera de su mano. Y se volvió para tomar una toalla. La regadera al exterior la esperaba, abrió la llave y el agua fresca recorrió su cuerpo, haciéndola retroceder un poco en lo que su piel se aclimataba.
Sacó una exhalación acompañada de un sonido de descarga, mientras el potente flujo de agua fresca la bañaba completa. El recuerdo de cómo él la había reprendido cuando lo había llevado regresó, rápido pero casi mortal:
¿Cómo te bañas, con todo mundo viéndote?
—Pues así —respondió en voz alta a su propio recuerdo.
Sin notarlo, casi en automático, se apresuró. Comenzó a enjuagarse el cabello, el agua que recién le parecía fresca y dulce ahora comenzaba a incomodarla. Inclusive, le molestó que el largo de su cabello y el tiempo que le llevaba lavarlo.
Justo en ese momento, el agua mermó.
Miró a la regadera directo, con un ojo cerrado para comprobarlo. El flujo se había reducido casi a la mitad de cuando había iniciado.
El chorrito de agua seguía cayéndole en la mitad de la cara, y el shampoo comenzaba a entrarle en los ojos.
Se rió. Fuerte y sin filtro.
La risa salió de su cuerpo antes de que pudiera contenerla, arrastrando consigo la tensión que aún habitaba en sus hombros. Terminó de bañarse, en calma, bajo el agua que ya apenas caía. El aire salado tocó su piel húmeda sin resistencia alguna que quedara en su cuerpo.
Ahí fue cuando lo entendió: no era solo que a ella esa pequeña exposición no le molestara, era que la atraía.
Había algo en esa intemperie que la despertaba a esa versión suya que solía meterla en problemas cuando era niña y que aprendió a callar. Esa misma que no respondía al buen hacer ni a la forma correcta de existir que había aprendido a sostener.
La prisa y la necesidad de cubrirse se evaporó.
Y ese lado que siempre había mantenido en silencio y que aparecía en momentos breves, cuando se permitía decidir fuera de la norma, en impulsos que luego reorganizaba para volver a coincidir con la vida que había creado, en ese momento, al fin, la habitó completa.
Las olas rompían a unos metros, irregulares, vivas. Tanto como ella.
Salvaje, pensó.
Tomó una toalla y se cubrió. Sin pensarlo, volteó a la cabaña vecina, a ver si nadie la había visto bañarse.
No hay nadie, se reafirmó.
El viento recorrió la tela húmeda pegada a su piel y ella aflojó el apriete de la toalla. Envuelta en ella, dejó que el aire secara ligeramente su cabello. Sintió el peso del agua aún presente en las puntas, descendiendo lentamente por su espalda.
Ya sin urgencia, entró en su habitación.
El cambio de temperatura fue leve, pero suficiente. El olor a madera, a sal atrapada en las paredes, la recibió sin sorpresa.Eligió un vestido blanco, que usó sin sostén, se puso una base ligera, protector solar. Algunas pulseras, aretes, el collar de conchitas de mar y, sus ojos se posaron en su mano. Volteó a verlo, le respondió con un par de destellos. Y se miró al espejo.
Le gustó lo que vio.
El comedor estaba casi vacío. Era sencillo, con un estilo boho como el resto del hotel: una palapa, con mesas de madera, desvestidas de manteles, platos blancos y cubiertos plateados brillantes. En las paredes había artesanía local, tejidos en tonos neutros, lámparas de jícaras con piedras de río que dejaban la luz pasar, haciendo formas únicas.
Eligió una mesa que tenía vista al mar, y que daba la espalda al resto del lugar. Necesitaba mar, llenarse de él, sentirlo en su piel, dejar que la brisa jugueteara con su cabello.
El café llegó caliente. El vapor ascendía en hilos delgados que desaparecían antes de alcanzar su rostro. Dio un sorbo, el golpe de cafeína la trajo al presente.
Fue entonces cuando la sintió, la mirada no invasiva, pero presente. Giró levemente la mirada. El hombre de la mesa contigua le sonrió. No dijo nada. Solo un gesto breve, contenido.
Su dedo anular se movió antes de que pudiera pensarlo, buscando el peso familiar en su dedo. Sintió un ligero nudo en el estómago. Rozó con pulgar el espacio donde antes estuvo su anillo; aún conservaba la memoria de su peso.
Ella solo sintió el vacío.
Se dio cuenta de todas las preguntas que, con él en su mano, no tenía que responder, ni a ella ni a extraños.
Su mano permaneció sobre la mesa, quieta, aparte, ajena al resto de su cuerpo.
Y su mirada se perdía en todos los tonos azules del mar. El movimiento constante de las olas no pedía explicación. Ni autopsia.
El viento desplazó un mechón húmedo sobre su cuello. El contacto frío la trajo de vuelta al presente. Giró a ver su mano y acarició su dedo con la otra mano.
Bebió un sorbo de su café, ahora tibio. Volteó ligeramente a su alrededor, el hombre ya no la veía, ahora leía.
Envidió su tranquilidad para estar solo en ese lugar.
—¿Qué estás haciendo? —se cuestionó, su pulso se aceleraba desapercibidamente para el resto del lugar. Ver a una mujer comiendo sola siempre le causaba pena. Cerró los ojos y se permitió reírse un poco, el chiste se contaba solo. Se acomodó un mechón de cabello que le cubría los ojos.
Llevó el café a sus labios. El calor contrastó con el aire fresco que aún permanecía sobre su piel. Tomó un trocito de piña, lo dejó correr, era dulce, en contraste con lo amargo del café.
El peso del silencio que creía no poder cargar sola era más ligero de lo que pensó. Estaba sola, pero no había en ella pena o tristeza alguna.
El mar continuó moviéndose frente a ella, indiferente, constante. Nada en él necesitaba compañía para existir. Las olas no se apresuraban. No se organizaban para ser vistas. No esperaban respuesta.
Tal vez ella, al menos en ese momento, tampoco.
Su mano descansaba abierta sobre la mesa. El viento rozó la piel donde antes había vivido el anillo, no había ausencia. Y fue como ver su mano por primera vez.
Completa, pensó.
Su vecino se despidió de nuevo de ella con un ademán de la cabeza.
Ella le sonrió, esta vez, el gesto le salió natural. No tuvo que prepararlo, ni buscó la protección en su dedo anular. Al parecer, en ella quedaba el recuerdo de lo que era socializar sin un anillo en la mano.
El viento movió ligeramente la tela de su camisa. Se quedó mirándolo, absorta en su forma de caminar, erguido pero sin pretensión. Su mirada era cálida, como si hubiera visto mil vidas pasar y no necesitara intervenir en ninguna.
Al ver que lo observaba partir, el mesero se acercó a conversar. Cuando el tema se desvió hacia el hombre de la otra mesa, no le molestó. Le contó que era un cliente regular, que pasaba tres meses ahí con ellos y que acababa de llegar. Dijo que era escritor o algo así.
Volteó a su mesa, la que siempre usaba él, observó ese lugar vacío sin su presencia. Y sintió un golpe de curiosidad. No tanto sobre su profesión, para su sorpresa, fue más por él y esa aura de seguridad que desprendía.
Como en un acto reflejo, se soltó un poco más en su silla y sorbió el café, saboreándolo por primera vez. El calor descendió lentamente por su garganta, y el viento jugueteaba con su cabello. Algunos mechones aún húmedos rozaron su mejilla y su cuello.
Agitó su cabello, recordándose lo bien que se sentía traerlo suelto. Echó la cabeza para atrás y miró el techo hecho de palapas, siguió el patrón irregular de las hojas secas entrelazadas. La luz se filtraba en pequeños fragmentos que se movían con el viento.
Sonrió.
Realmente estaba ahí. Se había atrevido.
Una alegría leve, reconocible, se apropió de su pecho. No era nueva, le recordó a sus años de infancia, cuando se atrevía. En ese momento el pasado parecía lejano, casi de otra vida, y no, solo unas cuantas horas.
Ahora estás aquí, se reafirmó. Respiró profundo.
Se colocó el sombrero, las gafas de sol. Se levantó sin prisa y se dirigió hacia la playa. La arena cedió bajo sus pies con suavidad. Estaba caliente, pero la brisa y esa recién descubierta alegría la acompañaron.
A medida que avanzaba, la dicha fue sustituida por el peso del conflicto, uno que normalmente evitaba. Su dedo hizo el recorrido automático, pero esta vez encontró el vacío.
Su bolsa, de pronto, ganó peso o tal vez fue su espalda, que se tensó sin que pudiera evitarlo. Intentó acomodarse la coleta que siempre llevaba, en su lugar se topó con un mar salvaje que peleaba con el viento, bajo su sombrero; entonces se acomodó eso, el sombrero.
Con los ojos entreabiertos por el sol, intentó distinguir la figura que estaba sentada en su palapa, la luz la fragmentaba. No pudo saber quién era, se comodó las gafas de sol, nada. Desde ahí seguía siendo un holograma.
Aun así, la sensación le resultó conocida. No la persona, la postura, la silueta… la forma de ocupar el espacio.
Su cuerpo lo reconoció antes que su mente. Quiso irse a otra palapa. Evitar el conflicto. Pero todas sus cosas de pintura estaban ahí.
—¿Acaso no las había visto? —sí, claro que las vio y no le importó, igual fue y se sentó. Dedujo.
Eso le causó un enojo que decidió no quería guardar. No quería respirar profundo para disiparlo. No quería suprimirlo. Quería estar con enojada con el imprudente que ocupaba un lugar que no le pertenecía.
Salvaje, recordó.
Y eso le pintó una sonrisa ligera, casi imperceptible, acompañada de una ola de valentía que no era nueva. Abrió su pecho, se aclaró la garganta y en un tono sereno pero firme se dirigió al intruso que recién conocía.
—Disculpa, estás en mi palapa —dijo, señalando sus cosas de arte.
El alemán se quedó mirándola tranquilo, como hace rato. Levantó la mirada de su laptop y le sonrió.
No había prisa en su gesto.
—Hola —respondió en perfecto español—. Me llamo Juan, ¿y tú?
El nombre no coincidía con la imagen que había construido de él. Y eso la contrarió un poco más. Estaba molesta. Y su perfecto español, su amabilidad y eso de llamarse “Juan”, sin saber por qué… la molestó aún más.
—He…—su mente corría rápido— hola. Lo que pasa es que esta es mi palapa —le dijo mostrándole sus objetos de arte.
Sintió el peso de las palabras al salir, ¿por qué tenía que defender algo que era de ella? Y por qué estaba siendo tan estúpidamente amable, quería simplemente enojarse y ya.
—Claro —respondió él—. Esperaba que no te importara compartirla, … como ves es bastante amplia. Y no pienso interrumpirte en tu trabajo.
Señaló apenas sus cosas de pintura. Y el espacio que él ocupaba realmente no la invadía.
—Como ves, yo también estoy a lo mío.
El sonido del mar continuó detrás de ellos, indiferente a la frontera invisible que ahora compartían.
Se quedó conflictuada bajo la mirada de “Juan”, el nombre en él, le comenzó a causar aún más molestia que el hecho de que ahora considerara compartir su palapa con él.
El viento movió la tela sobre sus cabezas, como si el lugar mismo respirara con ellos.
Juan la miraba sin prisa, esperando que en cualquier momento explotara. No era que le divirtiera, pero definitivamente no le molestaba. Así que eligió explicarse, ya que no tenía ninguna intención de imponerse.
—Verás, es la única que tiene corriente eléctrica —dijo él—. Y es lo suficientemente grande para tener sombra casi todo el día.
Hizo una pausa breve.
—Aparte, el viento…
—Corre divino —completó Alondra, mirando hacia el mar y levantándose el cabello para que el viento corriera bajo su nuca.
Lo miró, de nuevo. Miró el lugar, tenía razón, había lugar para ambos… y la curiosidad la picó de nuevo, ahora también quería saber cuál era su nombre en realidad.
—Por hoy te puedes quedar— en el mismo tono sereno.
Al ver que él asentía, con una ligera sonrisa y se ponía a escribir. Ella también sonrió, sin que él la viera. Ambos habían aceptado jugar.
Se dirigió a su lugar y se sentó frente a su lienzo, lejos de su mirada.
Intercambiaron un par de palabras durante el resto del día. Era amable, educado, cálido, confirmó; pero no buscó pasar la barrera que ella claramente había puesto. La respetó. Eso le causó aún más curiosidad.
No recordaba haber conocido un hombre así, pensó, y se sentó en su taburete, o tal vez ella nunca se había permitido sentirse así, valiente, segura ante un hombre.
Volteó a verlo por detrás del hombro y él estaba como dijo, a lo suyo.
Se sintió una leona, valiente, sin tener que complacerlo. Y él, parecía estar bien con eso.
Inesperado, pensó.
Así pasaron todo el día hasta que la tarde llegó, y sin luz tuvo que parar. Casi al mismo tiempo se dirigieron al hotel.
—Buenas noches — le dijo Juan, aun sabiendo que se toparían de nuevo en el restaurante para la cena.
Hizo una pequeña pausa, quería agradecerle la hospitalidad del día. Pero se frenó, sabía que si decía algo podía matar la pequeña posibilidad de que ella accediera a compartir la palapa por el resto de su estadía.
Se veían todos los días en el restaurante, se saludaban, mañana y tarde. Él seguía tan cordial como el primer día, pero no volvió a tocar el tema de la palapa.
—¿Por qué había dejado de ir?
Lo miraba desde el otro lado del restaurante, jugueteando con la copa entre los dedos, sin apartar la mirada.
Tomó valor, no tenía por qué vivir con esa duda.
Se acercó a su mesa. Él la miró. Llevaba un vestido negro de lino hasta los talones, con toques dorados y que dejaba casi toda la espalda desnuda. La había visto cuando entró, con el cabello suelto, el maquillaje ligero como siempre y los labios rojos por el vino que llevaba en la mano. Tragó saliva, nadie lo vio, solo él. Y la invitó a sentarse, con la misma calma que siempre había visto en él.
El mesero, atento a la escena como si estuviera viviendo su propio microdrama, se acercó y le abrió la silla.
Se aclaró la garganta y se acomodó el cabello, esa calma la alteraba y despertaba en ella un deseo que no conocía. No era meramente carnal, era un tipo de deseo que no conocía, aún.
Sentada frente a él descubrió que simplemente: quería más. Y ahí lo decidió.
—Pero ¿Juan? … —dijo, esta vez sosteniendo su voz con más firmeza—. ¿Cómo te llamas realmente?
Él se rió, ligeramente.
—Me puse ese nombre porque es más fácil de pronunciar que el mío —respondió—. Aparte es local… paso un buen tiempo aquí y hace todo más fácil.
De nuevo pudo ver la calidez en él.
Ese aire de no protagonizar. De no ocupar un espacio que no era de él y, aun así, mezclarse sin volverse invisible. Le causaba curiosidad cómo lo hacía. Cómo alguien podía estar sin imponerse y, al mismo tiempo, no desaparecer.
—Sabes, ya lo pensé, y podemos compartir la palapa.
Él sonrió.
—pero, tengo una condición.
Él soltó una carcajada.
—Dime.
—Qué me digas tu nombre… no te voy a decir “Juan”—pintando comillas en el aire.
—Me parece justo. Y yo…
Ella lo interrumpió.
—Tú no puedes pedir nada, ya estoy compartiendo mi palapa contigo.
Asintió en forma de rendición. Se acercó a ella y le dijo su nombre para que solo ellos lo escucharan. Ella sonrió, triúnfante, y le dio un sorbo a su vino.
La observó, relajada, el mar jugando con su cabello y con esa sensación de triunfo en su rostro. Sin esa barrera que guardaba con él… tragó saliva, y dio un trago a su cerveza.
El tiempo se organizaba alrededor de sus propios ritmos: ella pintaba, él escribía. El sonido del mar permanecía constante, llenando el silencio que había entre ellos sin exigirles nada.
Hasta que la luz comenzaba a mermar y ambos casi al mismo tiempo se detenían. Se dirigían hacia el comedor para la cena, en los horarios establecidos por el hotel. Ambos eran conscientes de que se seguirían viendo, pero ninguno quiso imponerse a convivir con el otro. Serían extraños que compartían rutina, espacios, silencios.
Con el tiempo y la convivencia, se hicieron amigos. Algunas veces comían o cenaban juntos.
Una vez, después de cenar, caminaron juntos hacia sus cabañas y, al despedirse, él iba por un simple “buenas noches”, como lo venían haciendo. Despedirse de mano era muy formal, el beso y el abrazo creaban una intimidad que ninguno de los dos quería, aun cuando habían compartido pláticas realmente íntimas: de infancia, de las dudas que surgen en el área profesional, sobre el cuerpo y cómo cambia cuando crece, de política y religión.
Pero esa noche, ella se lanzó a darle un beso en la mejilla, él un simple buenas noches, y al girarse, ella terminó besándole el brazo, y él avergonzado por no haberlo leído mejor. Les dio un ataque de risa, tan fuerte que los vecinos de las cabañas vecinas salieron a silenciarlos.
Después de eso, él la abrazó, la tomó de ambos brazos y le plantó un beso en la mejilla. Y ella para continuar con la broma, le dio un beso en el brazo. Ambos se rieron otra vez, ella le sacó la lengua de lado y él solo movió la cabeza. Y cada uno se fue a su cabaña.
La convivencia, como ambos sabían, se hizo más íntima. Ahora, la palapa era su lugar, había un chiste donde antes había silencio. Pedían opiniones uno al otro sobre su trabajo cuando algo no avanzaba.
Comenzaron también a pasar tiempo juntos fuera de la palapa. A nadar en el río que había cerca.
La primera vez que él la llevó, la corriente la sorprendió y él la detuvo sin dudarlo ni un segundo. Sentir la fuerza de sus brazos alrededor de su cintura despertó en ella una sensación carnal de protección.
El agua fría la recibió, distrayéndola de la reacción tan primitiva que acababa de sentir. Sin embargo, la sensación se le quedó en la piel. El frío le comprimía la carne y el corazón le latía a mil.
—Nada, solo debes mantenerte a flote, el río hace el trabajo —le gritó a menos de un metro de ella.
Ella asintió, se mantenía a flote con la adrenalina a mil, la corriente la movía como un palito de madera. Se mantuvo atenta a la salida del río para evitar que la corriente la jalara más allá. Él le daría la orden para salir, le había dicho.
¡Ahora! —ambos nadaron con todas sus fuerzas hacia la salida.
Nadó con toda su fuerza hacia la salida. Sentía como el agua quería jalarla, pero el instinto primitivo de supervivencia pudo más que su inexperiencia. Él le extendió la mano, de nuevo, la jaló con una facilidad y la atrajo hacia la salida.
La sensación primitiva de sentirse protegida apareció de nuevo, esta vez acompañada de deseo, uno que la hizo dar un paso hacia atrás o tal vez dos y alejarse de él.
Él pareció notarlo, pero no le dio mayor importancia, simplemente siguió su paso.
Viva, pensó.
Caminaron con paso lento hacia el inicio, donde habían dejado el resto de sus cosas, el sol les rozaba la piel, secando las gotitas que les recorrían el cuerpo.
Lo volteó a ver, y él a ella. Ambos se rieron.
—Tenía mucho que no me divertía tanto… —hizo una pausa— aunque también estaba muerta de miedo.
—Cuando te invité pensé, o le gusta o lo odia.
—¿Qué dices?… me encantó. Espero disfrutarlo más la próxima vez —hizo una pequeña pausa— gracias.
Él hizo un gesto con el rostro y agitó el cabello para que el sol lo secara.
Ella sonrió.
Al cubrirse con la toalla, notó que había olvidado lo que se sentía estar ahí, en traje de baño, sin pensar en cómo se veía su cuerpo desde afuera.
—¡Uhaaa!— soltó él en un pequeño grito de celebración.
Ello lo miró con cierta extrañeza, ¿acaso era parte de un ritual que ella desconocía?
Él solo la miró, le sonrió ligeramente y le dijo.
—Te sientes vivo, ¿no?— y se estiraba con las manos abiertas hacia el cielo.
Extendió la toalla y se tiró bajo una pequeña sombra que hacía el árbol, donde habían dejado sus cosas. Les cubría ligeramente, dejando pasar el calor del sol.
Asintió. Su corazón aún seguía acelerado y se sentía más viva que nunca.
Se puso los lentes de sol y continuó secándose, al mismo tiempo que se permitía divagar en él, buscando la respuesta que seguía en su mente: ¿qué era esa sensación que le había generado anteriormente?
Se tumbó junto a él. Lo miró en silencio, entonces lo supo, ella se sentía protegida con él, pero no al grado de ser una muñeca decorativa.
Regresó su mirada al árbol, tocó el dedo donde estaba el anillo, y la sensación de dudar de sus elecciones, la tensión en la espalda alta, regresó. Ahora como una vieja conocida a la que no le permitió instalarse. No ese día.
Él la observaba con la mirada perdida, vio que se tocaba de nuevo el dedo anular, sabía que había una historia ahí. Suspiró y regresó su mirada a las hojas del árbol, pero quién no la tiene… el también venía de una.
Esa fue una de las muchas veces que fueron al río, se quedaban ahí por horas a tomar el sol, a nadar con la corriente, a estar.
Pasaron todo el día juntos, esa noche, durante la cena, él tomó de más. No lo suficiente para perderse, pero sí para dejar de sostener la contención que habitaba normalmente en él.
—Mi última relación terminó por esto…—le confesó, ella guardó silencio— por pasar tanto tiempo lejos. Al principio ella estaba de acuerdo, le quedaba también por su trabajo. Pasábamos todo el tiempo juntos siempre que podíamos. Parecía feliz, parecía funcionar. Pero con el tiempo…—se quedó en silencio.
Ella también, y sin más continuó.
—Solo quiero estar con la persona que amo, sin dejar de hacer lo que amo… —haciendo lo que pareció un gesto de equilibrio con las manos, y con un dejo de esperanza soltó —quiero eso…— y se quedó callado con una sonrisa en los labios.
La miró, había deseo en su mirada.
Ella pasó saliva.
Su versión borracha era más ligera, menos contenida, lo volvía más humano.
Llegaron a su cuarto y lo ayudó a recostarse. Cuando entraron, ella notó la forma en que el espacio lo reflejaba. No había exceso. Una mesa de trabajo con su computadora abierta, algunos cuadernos apilados sin rigidez, una silla junto al ventanal. Nada parecía dispuesto para ser visto por alguien más. Solo habitado.
Le quitó los zapatos y le acercó un vaso de agua. Cuando se aseguró de que estuviera bien, lo miró por última vez y le pasó una mano ligeramente por la frente y le sonrió. Quiso decirle que todo iba a estar bien, que encontraría alguien con quién pudiera vivir esa vida, pero ni siquiera tenía esa certeza para ella misma.´
Al sentir su mano en su rostro, cerró los ojos con alivio. Cuando ella se levantó de su lado, no intentó retenerla, ni hizo nada para alargar el momento; solo se quedó ahí con los ojos cerrados, escuchándola salir.
Un par de noches después, rumbo a sus habitaciones después de cenar, él tomó su mano. No hubo urgencia en el gesto. Sus dedos se cerraron alrededor de los suyos con la misma naturalidad con la que ocupaba el espacio bajo la palapa.
—La noche está preciosa —dijo—. ¿Quieres mirar las estrellas? Tengo un porche en mi cuarto.
Apretó su mano y asintió. Sin soltarla, se dirigieron hacia su habitación.
El aire cambiaba ligeramente a medida que avanzaban. El sonido del mar llegaba desde otra altura, más abierto, menos contenido por las paredes del hotel.
El porche se abría hacia el cielo.
Sacó una botella de vino sin ceremonia. Sirvió dos vasos y se sentaron en la hamaca. La tela cedió bajo el peso de ambos, acercándolos apenas. No lo suficiente para incomodarla, solo lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo mezclado con las notas de sándalo de su perfume.
Le señaló el cielo.
—¿Ves esas tres estrellas? —dijo ella—. Cuando era niña, me dijeron que eran dos amantes que nunca pudieron tocarse. Los separaron como castigo por haberse elegido. Pero el cielo les permitió quedarse cerca. Lo suficiente para verse. No lo suficiente para alcanzarse.
Hizo una pausa breve, intentando recordar algo más que nunca había estado completamente claro.
—Decían que, si los mirabas el tiempo suficiente, podías sentir lo que el otro sentía.
Él guardó silencio.
Ambos permanecieron mirando el cielo, sosteniendo la historia existiendo ahí arriba, intacta.
No pudo contener la risa.
Ella volteó a verlo.
—¿De qué te ríes?
Sonrió.
—La historia real es bastante distinta.
Volteó a verlo directamente y grabó esos pequeños gestos que hacía al señalarle las estrellas. La precisión suave con la que su mano trazaba líneas invisibles en el cielo. La forma en que habitaba el silencio entre una palabra y la siguiente. Esa sonrisa permanente cuando algo le causaba gracia.
Sin soltar el vaso, levantó ligeramente el brazo y lo extendió frente a ella, acercándola apenas hacia su pecho para guiar su campo de visión.
Desde ahí, el cielo parecía distinto.
Podía sentir el movimiento leve de su pecho al respirar, constante, sin esfuerzo. No había tensión en su cuerpo.
—Ahí —dijo en voz baja.
Hizo una pausa breve, esperando que sus ojos encontraran el punto por sí solos. Ella asintió.
—Esas tres estrellas forman parte de Orión, el cazador, pero no es el cazador lo importante, sino lo que persigue.
Su brazo permanecía extendido, no como límite, sino como orientación.
—Persigue a las Pléyades, que son siete hermanas.
El nombre permaneció entre ellos unos segundos.
—En la historia, él las desea, pero Zeus las mantiene a salvo en el cielo.
El viento cruzó entre ambos, moviendo apenas la tela de la hamaca.
—Así que el cielo interviene. No para castigarlo, sino para protegerlas.
Bajó el brazo lentamente, pero no se apartó.
—Las convierte en estrellas. Las coloca fuera de su alcance. Donde pueden existir sin ser poseídas.
Ella permaneció en silencio. Sintió el efecto de esas palabras asentarse en su cuerpo sin resistencia.
—Así que no es una historia de amor imposible —continuó—. Es una historia de preservación.
El viento movió ligeramente su cabello contra su hombro.
—El cielo no los separó como castigo. Los separó para mantenerlas a salvo.
Ella lo miró.
—Es terrible —dijo, tocada por la historia verdadera.
Él asintió.
Sus ojos permanecieron en ella un instante más, sin buscar respuesta.
Se rieron juntos. No de la historia. De la forma en que ambas versiones, contrarias entre sí, podrían existir al mismo tiempo.
El silencio que siguió no necesitó llenarse. El cielo permanecía abierto frente a ellos y algo en ella también.
Ella se recostó en su pecho, èl le acarició el cabello y se quedaron un rato viendo las estrellas. Acortando la distancia que habían mantenido los últimos días. Su mano recorrió su brazo y la de ella se depositó en su pecho.
Él la atrajo hacia él, la sensación instintiva de protección se prendió de nuevo en ella y se relajó por completo en su pecho. Antes de que las preguntas comenzaran a correr, respiró profundo y levantó la mano hacia las estrellas.
Él quiso preguntar, casi lo hace. Pero decidió esperar a que ella lo mencionara.
—Nunca me había sentido tan segura en mí, como estas últimas semanas, en mis elecciones creativas, en estar— dijo esto último en bajito casi como una confesión y volteó a verlo acercando su rostro al suyo.
Él la miró, y continuó acariciando su cabello.
—Quise conocerte desde el primer día —le dijo, sin peso o expectativa— te vi desde mi cuarto. Trabajaba ahí, sabes. Escuché un grito y me asomé.
Hizo una pausa breve.
—Y te vi cuando te bañabas —lo dijo en un tono de confesión, sin vergüenza, sin pudor— fue apenas un segundo, no me quedé mirándote. Pero esa imagen tuya se me quedó aquí —dijo, señalando su mente—. No solo tu cuerpo, que me gusta, claro…
Ella lo miró en silencio, con las manos apoyadas en su pecho, su rostro recargado en ellas y los ojos apenas entrecerrados. No sabía si obedecer a su mente y enojarse o seguir a su cuerpo que se recostaba lánguidamente sobre él.
—Era cómo lo habitabas —continuó— dándote un permiso.
Ella sonrió, por el reconocimiento.
—¿Viste todo eso en un segundo? —le reclamó con un dejo de diversión.
—Bueno tal vez fueron dos…—continuó con la broma— pero eso fue lo que más me impactó, que en ese pequeño momento pude leerte y quise conocerte.
—¿Por eso te inventaste lo de la palapa?
—Sí y no…—hizo una pausa para acomodarse —esa palapa era mía, pero cuando me dijeron si la podía compartir contigo les dije que sí, sin conocerte. Y cuando vi que eras tú, pues decidí arriesgarme.
—O sea que si yo hubiera decidido no compartirla…
—… me hubiera quedado sin palapa en el mar para escribir. —Completó.
Ella lo miró y sonrió, manteniéndole la mirada.
—Ay, Juan. —le dijo acercándose a él, quería besarlo.
Él se tomó su tiempo, le acarició las pecas que tenía días queriendo tocar y lentamente se acercó a ella y la besó. Lento, con calma y sin contención.
Hablaron, entre besos ocasionales y caricias que fueron subiendo de tono a medida que crecía la intimidad.
De sus vidas, de las partes que no suelen decirse, de las que uno se salta cuando cuenta su vida en orden. De la infancia. De la primera vez que sintieron que el mundo esperaba algo de ellos que no coincidía. De las decisiones que habían tomado para sostener estructuras que prometían estabilidad, pero exigían distancia de sí mismos.
Él le habló de su trabajo. De cómo había aprendido, equivocándose, a no anteponerlo a la estabilidad que una relación necesitaba. De cómo había elegido estar presente, incluso cuando eso significaba no avanzar como el mundo esperaba que lo hiciera.
Ella lo escuchó sin la necesidad de convertirse en alguien que pudiera ser elegida. Solo siendo.
—¿Te quedas?
Ella asintió.
Entraron a su cuarto. El aire era más cálido ahí dentro, el ventilador les daba un poco de tregua. Él no encendió la luz. No era necesaria. La luna brillaba fuera, y dejaron la puerta del porche abierta.
Se dejaron tocar sin prisa.
Sin testigos.
Sin futuro.
Sin promesas.
Solo presentes dentro de sus propios cuerpos, sin abandonar el lugar que cada uno habitaba en sí mismo. Explorando los límites que llevaban días queriendo cruzar.
La luz de la mañana entraba en fragmentos suaves por la ventana, dibujando líneas sobre su piel.
Él la observaba en silencio.
Ella permaneció unos segundos más con los ojos cerrados, sintiendo el peso tibio de la noche aún habitando su cuerpo. No había urgencia en abrir los ojos, ni en hablar o moverse.
Cuando abrió los ojos, lo encontró ahí, mirándola y con unos papeles en la mano.
No apartó la mirada al saberse descubierto.
—Hola— dejó los papeles en la mesita al lado de su cama.
—Hola —sonrió ella.
Eso lo desarmó un poco.
—Me queda solo un mes… aquí —conteniéndose en tocar ese pedacito de sol que le tocaba la espalda.
Su voz era suave, pero en ella había algo más, un dejo de melancolía, tal vez. El tiempo, por primera vez, no le pertenecía del todo; y quería saber si esto era más, y tal vez si podía existir fuera de ese lugar.
Ella lo miró.
Y extrañamente, no sintió el reflejo de reorganizarse, o intentar interpretarlo. No sintió la necesidad de protegerse de lo que había ocurrido.
—Yo me voy en unas semanas también —respondió—. Inicia mi diplomado.
Él sostuvo su mirada.
—¿Te aceptaron?
Ella asintió.
—Felicidades —dijo, inclinándose hacia ella y depositando un beso en su hombro; su mano hacía el recorrido por su espalda con suavidad.
Ella se aferró a él, envuelta en su calidez, lánguida como un leopardo descansado en las copas de los árboles. Su cuerpo se sentía satisfecho, por primera vez no había tenido que pensar en satisfacer, ni fingir, ni en gustar o lograr que el otro la pasara bien. Simplemente se dejó sentir… vivir.
Respiró profundo. Y dejándose llevar otro poco, por esa nueva seguridad que había adquirido.
—¿Qué te parece si disfrutamos de esto mientras podemos? —le susurró al oído.
No hubo duda en su voz, ni disculpa. Simplemente pidió lo que quería sin corregirse.
Él permaneció en silencio un instante.
Ella sintió el reflejo antiguo aparecer; la costumbre de reorganizar sus palabras, de reducir el alcance de su propio deseo.
Aclaró la garganta.
—O…
No terminó la frase.
Él la interrumpió con un beso, no para detenerla, sino para responder.
—Me encanta… —volteó a verla— tú me encantas —dijo, con una sonrisa leve, casi juguetona.
Miró la hora.
—¿Quieres que salgamos a desayunar? Podemos bañarnos… comer fuera del hotel… y regresar a trabajar un rato.
Ella asintió, atrayéndolo hacia ella. De nuevo esa sensación instintiva de protección la inundó, esta vez se dejó que se asentara en cada parte de ella. Al mirarlo se dio cuenta que se le antojaba compartir la regadera, la cama, las mañanas también con él.
Sin el freno de lo correcto. Sin pensar en la fecha de expiración que tenía esa relación.
—¿Acaso no todo lo tiene en esta tierra?
Salvaje, pensó.
Habitaron los días días alrededor del mismo ritual, río, palapa, trabajo. Por las noches bajo las estrellas, aprendieron a tocarse sin freno y a habitar los silencios compartidos. Ninguno intentó nombrar lo que tenían, simplemente eran lo que eran.
Sacó el anillo de la caja fuerte, lo sostuvo entre sus dedos, era ahora un recuerdo que pertenecía a una identidad que ya no la habitaba pero recordaba nítidamente con todo su ser.
Se tiró en la cama con la cajita del anillo al lado, levantó su mano hacia el ventilador y sintió la necesidad de elevar la otra mano. Las entrelazó, libre, pensó, y vio los restos de pintura en sus uñas.
Una ola de satisfacción le recorrió todo el cuerpo.
Se levantó, guardó el anillo en su bolsa, con sus otras cosas de viaje. Tomó el cuadro, se dirigió a la palapa y lo colocó en su lugar con la pequeña nota. No era una promesa, pero era todo lo que en ese momento podía dar.
Así te anhelan mis ojos,
así te anhelan mis manos,
mi silencio
y mi tiempo…
es el que más te anhela de todos.
-A
Daniela Flores
Si te gustan las historias donde lo cotidiano se vuelve extraordinario, también puedes encontrar ese tipo de encuentros en mis libros:
