A veces, los encuentros más inesperados no cambian tu vida…
pero sí la forma en la que te miras a ti misma.
Ese domingo, solo iba por waffles congelados.
No sabía que terminaría compartiendo café con alguien que vive en un mundo donde ser visto es inevitable… y, por un instante, elegiría ser invisible conmigo.

Waffles congelados en mano, lista para continuar con el capítulo que había dejado en casa.
Elegí la caja rápida; las de autocobro estaban sin funcionar. Entonces me formé detrás de él.
Lo vi de espaldas: cabello trenzado, una gorra baja y lo que a simple vista parecía pijama.
O tal vez —pensé— era de esas prendas carísimas que solo parecen cómodas.
¡Era él!
Sofía, respira. Respira. Actúa normal.
Me sorprendió no sentir la euforia que había imaginado si algún día lo veía. Ningún impulso de pedirle una foto ni un autógrafo. Solo esa necesidad irracional de respetarle el momento.
En fin. Decidí fingir.
Era domingo, diluviaba afuera y él parecía simplemente querer ser uno más.
¿Quién era yo para quitarle ese instante de anonimato?
Así que me formé, fingiendo normalidad, aunque cada fibra de mí estuviera demasiado consciente de su presencia.
Su cabello trenzado se asomaba bajo una gorra, y ese olor… a aftershave suave, limpio, casi hipnótico, me hizo inclinarme sin darme cuenta. Ese aroma podían venderlo en botellitas, y yo lo compraría.
Volteó, como si escuchara mis pensamientos. Era aún más guapo de lo que creía, pero lo que más me marcó fue la calidez de su mirada: no había prisa, ni ego, ni miedo.
Solo alguien siendo.
Me hizo un gesto leve, como si supiera que lo estaba observando.
Quizás lo sintió —tenía mi mirada suspendida justo en el corte limpio de su nuca, en los tatuajes que apenas se dejaban ver—, o tal vez por ese gesto absurdo e impulsivo de acercarme a su aroma sin pensarlo.
Me observó de nuevo y, esta vez, nuestras miradas se encontraron por un segundo más largo de lo que socialmente se permite entre desconocidos.
Mi corazón dio un salto. No fue por nervios, sino porque me sentí vista. No mirada: vista. Por un segundo, deseé no haberlo reconocido, solo para evitar fingir que no me pasaba nada.
Intenté recobrar la compostura, pero mi mente ya iba diez pasos adelante.
Bien, Sofía… ¿podrías ser más obvia? Qué friqui.
Un poco avergonzada por lo invasiva que había sido, me giré hacia los productos de la caja, fingiendo interés en una bolsa de galletas. Entonces se fue la luz.
Lo noté inquieto.
Y no creo que fuera por el apagón.
Más bien por saberse al borde de ser descubierto, porque entre más tiempo pasara ahí parado, más aumentaban las probabilidades de que alguien —cualquiera— lo reconociera.
Yo incluida.
Volteó a verme —una mirada rápida, como si buscara confirmar algo— y dijo:
—Se suponía que esto iba a ser rápido.
No fue solo lo que dijo, sino cómo lo dijo: con una media sonrisa, como quien lanza un anzuelo sin estar seguro de querer que alguien lo atrape.
Quise responderle el coqueteo con algo sobre un pit stop, pero me contuve.
No sé si por timidez, por respeto o porque, en el fondo, sabía que cualquier cosa que dijera podía romper ese equilibrio extraño que se había formado entre nosotros.
¿Qué hacía yo ahí, a las ocho de la mañana, un domingo, coqueteando con él?
Ay, Sofía…
No quería que supiera que sabía. O tal vez no quería que ese instante dejara de ser lo que era: un momento compartido entre dos personas que, por alguna razón, estaban eligiendo no decirlo todo.
El chico de las cajas nos explicó que abrir las puertas para salir tardaría más de lo normal. La planta de luz interna arrancó para lo básico —refrigeradores y demás—, pero las puertas estaban atascadas; nadie podría entrar ni salir por unos minutos.
Ni siquiera él. No quiso usar su estatus de famoso. Lo vi ajustarse la gorra y subir un poco más la solapa de su gabardina.
—Supongo que estamos atascados aquí —dijo, mirando hacia las cajas apagadas.
Volteé a ver mis congelados.
Adiós, waffles con fresas.
—Ya sé —le contesté, aún con la cajita en las manos.
Y justo entonces fui consciente de lo que llevaba puesto.
Una sudadera negra, amplia, cómoda… perfecta para un domingo.
Excepto por un detalle.
En toda la parte de atrás… tenía su silueta en dorado y la frase:
“Drive me wild”.
Desde el frente, todo era neutral.
Desde atrás… fan declarada en nivel: por favor, que no la vea.
Claro que el destino eligió hoy para ponérmelo, ahí, en mi súper. Perfecto.
—Esos no van a durar —agregó, señalando mis waffles con una sonrisa ladeada que no supe si era burla o complicidad.
—Es cierto… —sonreí—. Voy a tener que ir a dejarlos.
¿Quieres que lleve los tuyos? —me ofrecí, genuinamente… o eso intenté.
Así podría caminar de espaldas hasta salir de su vista y esconderme dentro de un congelador a reflexionar sobre mis elecciones de vida.
—Vamos —dijo—. Te acompaño.
Intenté dejarlo pasar. Literal.
Avanzar yo primero era arriesgarme a que viera mi sudadera por detrás.
Pero él —caballeroso, hermoso… y oliendo a ese aftershave que ya merecía su propia mención en mi lista de debilidades— se detuvo y me cedió el paso.
Lo hizo con ese gesto silencioso que solo ciertos hombres saben hacer: una leve inclinación de cabeza, apenas un movimiento de barbilla, como si dijera “adelante”, sin necesidad de palabras.
—¿Siempre eres así de cortés? —bromeó, sin moverse del lugar—. Vamos, pasa tú.
¡Claro que insistió!
Era un caballero, literal, no solo de título. Y, además, era lo más lógico: el pasillo era estrecho, apenas cabíamos de a uno.
Cerré los ojos un segundo, tomé valor y mi cajita de waffles —mi única aliada, que ya comenzaba a descongelarse— y me giré.
Escuché una risa ahogada.
Volteé.
No dijo nada sobre la sudadera. Solo me hizo un gesto con la cabeza para que avanzara, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Una señal leve, casi imperceptible, pero con toda la intención.
Se estaba divirtiendo.
Yo también.

En el camino, mi estómago rugió sin vergüenza.
Él soltó una risa franca, ligera. Movió ligeramente la cabeza, como si él mismo se hubiera sorprendido de su propia risa.
Me miró divertido; sus hombros se veían relajados, parecía haber bajado la guardia.
—Era mi desayuno —dije, levantando la caja de waffles a modo de excusa.
Asintió y me miraba, pero no como si necesitara justificarme o algo parecido. Por alguna razón, eso me desarmó más que el hambre.
—Sabes… estuve así de pedirlos desde la comodidad de mi cama —añadí, levantando dos dedos con ironía—, pero me convencí de salir para respirar aire fresco y… —me detuve.
No tenía por qué saber sobre mi bloqueo de escritora.
—¿Y tú? —completé, dejando caer la pregunta como quien ofrece un refugio compartido.
—Yo vine por mangos congelados para un smoothie —dijo— y también para caminar un poco. Puede ser abrumador… —él también se detuvo ahí.
La frase quedó flotando, sin necesidad de explicaciones. No dijo más, pero lo entendí.
En su caso, quedarse en casa no debía ser descanso, sino otra forma de encierro: una jaula silenciosa con vista al mundo que todos creen conocer.
Hubo una pausa breve, casi cómoda. Ninguno de los dos pareció tener prisa por llenarla, como si estuviéramos de acuerdo en que algunas cosas pesan más cuando no se nombran.
Entonces, sin mirarme del todo, lo escuché decir:
—¿Te parece si esperamos con un café? Tal vez funcionen las máquinas —dijo, levantando los hombros.
Sonreí y asentí. Era raro ver gestos tan normales en alguien que solo conocía a través de la pantalla. Nos dirigimos hacia la cafetería; mi panza seguía haciendo ruidos extraños, aunque no estoy segura de que solo fueran a causa del hambre.
En efecto, las máquinas no funcionaban… pero para él, sí.
—Sí nos van a sacar un par de capuchinos. Nos podemos sentar —lo dijo con la calma de quien le abren una cafetería todos los días, sin darle importancia.
Me lo dijo mientras me abría la silla para sentarme. Sentí el rush de tenerlo cerca correr por todo mi cuerpo y, mientras me acomodaba, también lo hizo la incomodidad de esos rituales que tristemente ya no eran tan habituales para mí.
Asentí, como si no supiera que era por él que habían hecho una excepción. Él sonrió con naturalidad, como si no supiera que yo sabía quién era él.
El pacto estaba hecho: él fingía que yo no sabía, y yo fingía que él no sabía que sí.
Nos salió perfecto.
Nos sentamos con los cafés —de contrabando, según las reglas del lugar, pero un favor para él— y un par de panes de chocolate que nos supieron a gloria.
Y justo cuando creí que iba a lograr tomar el primer sorbo con dignidad, lo miré de frente. Mal hecho.
Era incluso más interesante de cerca, con esa expresión relajada y unos ojos que me observaban sin apuro.
Entonces hablé. Porque, claramente, el silencio me asusta más que el ridículo.
—A diferencia de mi nutrióloga, para mí el café sí es un grupo alimenticio —solté, sin filtro, sin pensar—. De hecho, creo que es mi grupo favorito. ¿Eso cuenta como declaración personal?
Como si la sudadera con su rostro y “Drive me wild” en dorado no lo fuera ya.
Ay, Sofía…
Él no respondió de inmediato. Solo me miró con esa media sonrisa que no sabía si era de burla o de complicidad, y empezó a comer su pan, como si el momento no le pesara en absoluto.
—Tenías hambre —dijo al fin, en serio.
Pero en su mirada había algo más. No era solo cortesía. Era esa forma en que algunas personas observan lo que no entienden del todo, pero les gusta. Como si se hubiera encontrado algo hermoso que no sabía cómo descifrar.
¿Quién era esta mujer despeinada, con verborrea nerviosa y una sudadera gigante con su cara en la espalda?
Ni yo lo sabía.
—Sí —reí con cierta resignación—. Pasé toda la madrugada escribiendo y no tenía nada en casa, nada. Apenas supe que abrían, me vine. Supuse que caminar me caería bien.
—¿Qué estás escribiendo que te deja sin dormir?
—Una novela de desamor, traición y muerte —dije, jugando con la servilleta entre los dedos. No quería sonar intensa, pero ya era demasiado tarde para fingir equilibrio—. Me obsesiona entender por qué alguien cruza ciertas líneas y lo justifica.
—¿Y ya lo descifraste?
—No del todo —admití—. Creo que no todos los que traicionan se reconocen a tiempo.
Él bajó la mirada por un segundo, como si pasara algo dentro de sí. Cuando volvió a levantarla, su voz fue más baja, pero sin duda.
—Algunas líneas… son sagradas.
Lo dijo como quien ha estado cerca de cruzar una y me miró con esa expresión que pide, sin palabras, que olvides lo que acaba de salirle del alma.
Como si su pequeña confesión hubiera dicho más de lo que pretendía.
Tal vez las líneas —las reales, las que no se deben pisar— acababan de rozarle una herida que no estaba listo para mirar de frente.
Y eso —no sus palabras— fue lo que me desarmó.
Él me miró con atención real, sin pedirla. Me miró a los ojos y se quedó ahí un rato.
—¿Y? —preguntó, con una media sonrisa forzada.
Con más ganas de saber más y, de paso, distraerse para dejar atrás el recuerdo que acababa de invocar, quería soltarlo y volver a mí. Se acomodó en su silla, trayéndose a esta conversación sin peso, a ese terreno donde podía jugar a ser uno más… y yo quería jugar.
—¿Quieres que te dé el punto máximo de mi historia? Tendría que… —pasé una mano por mi cuello, sin darme cuenta.
—No estoy en el negocio de escribir, lo sabes, ¿verdad?
—Sí —acepté, señalando mi sudadera. Ya no puedo fingir nada más… Luego me tapé las manos como el changuito del emoji, di un sorbo a mi café y le sonreí detrás de mi taza como el emoji que enseña todos los dientes. ¡Ups!…
Su mirada se aligeró otra vez, como si le hubieran quitado peso de encima.
—Entonces dime —me veía con una sonrisa amplia mientras apoyaba la taza sobre la mesa—. Tal vez pueda ayudarte con tu pequeño bloqueo.
—No es bloqueo en sí. Es que me está cayendo demasiado bien mi villana. Es buena, pero no solo quiere venganza: quiere asesinar a quien lastimó a su madre… Aparte tiene justificación… y eso me molesta un poco.
—¿Cómo haces eso?
—¿Qué?
—Eso de crear algo detestable que te caiga tan bien que te ponga de malas.
—Porque el escritor está al servicio de sus personajes —respondí, jugando con el borde de la taza.
—¿Y por qué lo hace? —preguntó, con un interés real, no fingido.
—Por amor, por ingenuidad… porque ha sido manipulada —respondí. Mis dedos se cerraron inconscientemente sobre la servilleta, arrugándola un poco—. Por lealtad a su madre —añadí—.
—La está vengando de un hombre que la enamoró, le quitó toda su vida y su fortuna.
Él no decía nada, pero me veía entretenido. Escuchando, realmente escuchando… estaba interesado.
¿En la historia… o en la escritora?
Y esa atención solo alimentó a mi escritora… así que solté la sopa. Porque él no estaba en el negocio de escribir… ¿recuerdas?
—Pero mi protagonista… —continué, cuando vi su sorpresa— sí, es mujer, y muy bella —hice una pausa y lo miré con una sonrisa suave, como si probara su reacción—. Si la conocieras, te encantaría. Es guapísima.
Él soltó una risotada.
Y yo continué con la historia… aún con las mejillas ligeramente sonrojadas. No sé si fue por cómo me veía o porque estaba interesado en mi historia.
—Y ahora quiere vengarse —dijo, cerrando el puño y tocando ligeramente la mesa.
—Claro —asentí, bajando la voz—. Pero ella es una chica dulce, víctima de las circunstancias… pero está cegada por la rabia. Es tan humana que, a ratos, olvido que la estoy escribiendo.
Cuando levanté la vista, lo vi distinto.
No solo me estaba escuchando. Se había metido en la historia en serio. Como si, sin darse cuenta, hubiera cruzado el umbral de ese otro mundo y ahora caminara conmigo por dentro de la novela.
Y entonces lo noté: algo en su expresión había cambiado. No era deseo, no era coqueteo… era otra cosa.
Era alguien queriendo quedarse un poco más, como si hubiera tropezado con una rareza… y le gustara.
Y por un instante —lo juro— se le subió un poco el color a las mejillas. Nada escandaloso, apenas una sombra suave, como si supiera que yo había notado cómo me miraba unos segundos antes.
Y no lo escondió. No desvió la mirada, ni se acomodó en la silla, ni intentó cubrirlo con una risa nerviosa. Solo lo dejó estar…
Creo que quería que lo viera.
Creo… que se sentía cómodo conmigo.
Yo, con mi sudadera ridícula, el café a medio tomar y una servilleta hecha bola entre los dedos, no supe qué hacer con ese tipo de mirada.
La verdad es que nunca pensé que mi presencia —tan poco ensayada, tan yo— pudiera generarle eso a alguien como él.
Mi sistema nervioso colapsó, así que, al más puro estilo Sofía… dejé que mi verborrea tomara el control y cambié el tema, sin disimulo.

—¿Y qué haces un domingo comprando mangos en el supermercado?
El cambio de tema, tan obvio, le causó gracia. Yo fui cero sutil, lo sé. Se pasó los dedos por la nuca, como si necesitara anclarse de nuevo al cuerpo y sacudirse el momento que acabábamos de vivir. Y, para colmo, me lo confirmó cuando me miró con esa carita que mezclaba pucherito y ternura.
Awww.
Mi corazón saltó.
Guardé una sonrisa, me mordí los labios y bajé la mirada, como protegiendo el momento.
Él siguió mi gesto sin disimular. Se aclaró la garganta, como quien vuelve a tierra firme después de flotar un rato.
—Bueno —dijo, con ese tono que usas cuando estás improvisando una confesión—, tenía ganas de un smoothie. No había mangos. Es demasiado temprano para despertar a alguien y pedírselos… así que pensé: ya soy un adulto, puedo ir por mis propios mangos.
—Sí, ya te ves lo suficientemente grande como para salir por tus mangos —dije con tono serio, solo para hacerlo reír—. Tienes toda la razón.
Y funcionó. Se rió, pero fue una risa breve, contenida, con ese dejo de pudor que aparece cuando alguien se siente visto… y no está del todo acostumbrado a eso. Como si la risa también fuera una forma de bajarle el volumen a lo que estaba ocurriendo entre nosotros.
Porque sí, había algo ocurriendo.
—Lo que pasa es que mi mundo está todo coordinado —agregó, bajando la mirada hacia su taza—. Incluso la despensa, los desayunos, mis salidas. Así que esto… esto es algo extraordinario. Platicar contigo es algo fuera de lo normal… bueno, que no hago casi nunca —aclaró—. No me malinterpretes, amo lo que hago, pero este tipo de vida tiene un costo. Lo pago con gusto… pero es alto. Aunque sí, viene con beneficios.
—¿Como que te sirvan un café aun sin luz?
—Exacto.
—Bien por eso. Mi estómago te lo agradece.
—De nada.
Levantó apenas la taza, como brindando por esa pequeña victoria. Y en su gesto —mínimo, casi distraído— noté algo que no esperaba: una especie de orgullo mudo. No exagerado, no público. El orgullo de un hombre complaciendo a una mujer con lo que tiene a la mano. Nada más, ni nada menos.
Lo que más me sorprendió fue que no parecía querer entenderme del todo. No estaba buscando descifrarme. Le gustaba así: yo, inexplicable.
Y a mí… me gustaba eso.
—A ver… cuéntame tu día de normalidad perfecta.
—¿Así de directo? —me dijo, sonriendo.
—Ajá. Bueno, si quieres. Si no, podemos hablar de… —y pensé en las líneas sagradas que no se cruzan; elegí no ir por ahí— otra cosa, de tu trabajo, si quieres.
—No, trabajo no. —Vi cómo, por un momento, la tensión regresó a su cuerpo—. Mejor te cuento un día de normalidad perfecta… como tú dices —lo meditó un poco—. Creo que es cuando voy a casa, al pueblo de mis padres. Ahí soy normal. La gente no me pide fotos a cada rato y puedo salir por mis mangos sin disfraz —dijo, señalando la gorra y los lentes.
Vi cómo su cara se relajaba de nuevo, y entonces pude ver al hombre introspectivo y profundo que lo habitaba, hambriento de normalidad y calidez. Me gustó aún más.
—¿Te gusta ahí, verdad?
—Sí. Es hogar para mí. Hay senderos por recorrer, una cascada, el pub del centro… Puedo salir a tomar algo con mis amigos, hablar de sus familias, de su vida. Todos me conocen porque me vieron crecer, no por las pantallas.
De hecho, soy muy introvertido. Me cuesta trabajo, pero me pongo una armadura y listo.
¡Lo sabía!
¿Será que las líneas sagradas tienen que ver con la familia? Tal vez es sobre su privacidad.
Ay, qué bonito… sus ojos cuando habla de su casa se le hacen cálidos. Me dan ganas de… para, Sofía.
—A ver, cuéntame un día de ese tipo de normalidad perfecta —le dije, obligándome a seguir en la conversación.
Él hizo una mueca, de esas que intentan ser irónicas pero se les escapa la sinceridad.
—Bueno, inténtalo… como un ejercicio de imaginación.
—Uy, a ver —cerró los ojos como si meditara, un gesto exagerado, pero que me dio risa—. Despertarme, un smoothie. No tiene que ser de mango. Caminata, aunque llueva, me encanta… café, un baño caliente… desayuno… música, amo la música… diseñar un rato o salir con mis amigos… comida, una pasta o algo, y una serie, película o un buen libro sobre venganzas y asesinatos —me soltó una sonrisa cómplice—. Entreno ligero, tina, cena y a dormir.
Lo dijo como quien recita algo que se ha imaginado demasiadas veces, pero ha vivido muy poco. Me quedé en silencio, observándolo describir esa vida tan simple como si fuera un lujo.
Y, de pronto, por un segundo, quise verla con él. Solo por curiosidad, me dije. O por hambre de lo que su mundo real no le permitía tener.
—Ha de ser complejo tener una vida tan expuesta —dije sin filtro—. Bueno, a lo que voy es que, en sí, ya es difícil tener relaciones sanas sin que nadie opine. No me imagino lo que es hacerlo con gente especulando sobre a quién amas, por qué haces ciertas cosas… o si desayunaste bien.
—Es complejo —asintió—, pero también me da la posibilidad de tocar muchas vidas. Usar ese reflector para algo más que fotos. Darle voz a los que, como yo alguna vez, no la tuvieron. Hacer espacio para la diversidad, en el deporte, en el arte, en la música… donde pueda usar mi voz para abrir camino, ahí voy a estar. Para esos niños que ya tienen un “no” por delante desde antes de empezar.
Y entonces, como si el mundo esperara justo ese momento para recordarle quién era, un empleado se acercó con discreción.
—Disculpe, señor. Su auto ya está listo. Lo esperan en la puerta de servicio.
Él asintió con una sonrisa breve, casi resignada.
—Gracias —le contestó al guardia de seguridad.
Cerró levemente los ojos y respiró suave.
Se volvió hacia mí con calma, como si aún no quisiera irse del todo. Me miró fijo por unos segundos y, sin más, tomó mi mano con un apretón, por encima de la mesa, como si quisiera llevarse un souvenir de nuestro encuentro. Mis ojos se abrieron como platos y una corriente recorrió mi espalda. Las mariposas de mi panza revolotearon como un espectáculo.
—¿Puedo saber tu nombre, al menos?
Me soltó la mano. Creo que se dio cuenta de que era un poco impropio. Pero la dejó ahí, al lado, rozando mi dedo meñique.
—Sofía… ¿y tú? —le dije en un susurro, mientras mi dedo meñique hacía una pequeña excursión al suyo.
No lo quitó. Lo entrelazó con el mío, mientras me hacía ojos de sarcasmo por preguntar su nombre.
—Sofía —repitió, como si probara el nombre en la boca.
Me miraba con una ternura discreta y giró su cabeza hacia la mía, como construyendo una pequeña casita con nuestros cuerpos. Un refugio íntimo, improvisado. De esa privacidad que pocas veces tiene.
—Ha sido un placer conocerte.
Mi corazón latía a tope. Su voz suavecita me hacía cosquillas en la panza y yo no me había movido de mi lugar. Me quedé quieta, siendo vista, admirada… sentí como si me acariciara el rostro con la mirada.
Ay… qué potente.
Íntimo… sin tocarnos nada. Bueno, solo el meñique.
Después de darse permiso para esa ventana de privacidad, retiró su meñique del mío, retomó su postura, respiró profundo y tamborileó en la mesa, como para tomar fuerza antes de levantarse. Era hora de irse y él lo sabía.
Llegaron dos hombres grandes. Eran su escolta personal y se quedaron observándolo. Uno le indicó la hora con un gesto. Él asintió.
—Sofía, tengo que irme. Ha sido un momento de perfecta normalidad conocerte. Diferente, refrescante, interesante… hermosa —dijo, con esa mirada coqueta y la sonrisa a medias en los labios.
Abrí los ojos como platos y mis mejillas se tintaron como dos tomates.
¡Me lo estaba diciendo a mí!
Él sonrió. Creo que le gustaba ruborizarme.
—Te deseo lo mejor con esa villana… que, al parecer, no es tan mala. Como casi todo en la vida… siempre hay grises, Sofía.
Bajé la mirada. Sí, había captado que mi lucha interna no era solo por el personaje. Era una lucha que me carcomía continuamente. Los grises me causaban pavor.
Me levantó la cara con un dedo en el mentón, suave, y me miró directo a los ojos.
—Por eso es importante tener claras nuestras líneas sagradas.
Yo tenía los ojitos un poco llorosos, pero asentí. Cuando regresé mi mirada a sus ojos, descubrí que él también los tenía tristes.
Quería preguntarle más sobre esas líneas… las que le quitaban ese brillo tan bonito a su mirada.
¿Acababa de cruzarlas?
Y entonces sentí el peso de la realidad en la panza. No había sido suficiente. Quería más. Pero no había espacio para más.
Él lo sabía.
Yo lo sabía.
Así que me arriesgué y le devolví el gesto… iba a aprovechar todo lo que pudiera.
Tomé su mano, pero yo la acaricié suavemente. Sus ojos se abrieron un poco y ese ligero rubor en sus mejillas regresó.
Se dejó acariciar como si recibiera las últimas gotas de lluvia antes del otoño.
—Me salvaste del bloqueo creativo. Lucho un poco con eso de los grises… siempre ha sido así —le dije, sincera.
Él asintió. Lo había notado.
—Sabes, has sido una sorpresa. Pero de las buenas… —le confesé—. Desde encontrarte hasta tu risa. Ojalá más gente pudiera ver lo que hay debajo… aunque me gusta ser una excepción —y lo solté de la mano—. Gracias por este momento VIP tan perfecto.
Sonrió, deseando alargar el momento… como si por un segundo se permitiera imaginar qué pasaría si no tuviera que irse. Pero lo recordó; ambos lo sabíamos.
Era solo un momento, un paréntesis, y debía cerrarse.
Se incorporó con suavidad, tomó su gorra y me miró una última vez.
—Fue un placer. Termina tranquila tu café… Nadie va a molestarte hasta que puedan salir.
Me despedí de él con un abrazo que él inició, como cerrando un paréntesis imposible.
Lo abracé ya no como fan, sino como alguien que había visto al ser humano detrás de las fotos.
Y olí por última vez su aftershave. En serio… ¿qué onda con su olor?
Era ahora mi olor favorito.
Él se detuvo lentamente en mi cuello, como para guardar la sensación. Me dio un beso en la mejilla mientras ponía sus manos en mis brazos, para observarme una última vez.
Se puso los lentes, se dio la media vuelta y se fue.
Si no fuera famoso, quizás… simplemente seríamos amigos. O algo más. Pero eso no importaba. Lo que sí, es que en ese instante los dos dejamos de ser personajes para ser personas.
Me quedé ahí sentada. Me ofrecieron otro café y lo acepté. La sensación de su piel en mi mano me acompañó mientras escribía algunas notas sobre mi villana, que ya no lo era tanto. Ahora la entendía como una víctima de la manipulación y el dolor. Alguien que merecía redención.
El olor de su aftershave, su mirada colgada en mí, el abrazo… todo se me quedó en el pecho.
Ay… fue perfecto.
Y hermosa, eh. Nada mal para un domingo en pijamas, Sofía.
Cuando estaba por irme, descubrí que la cuenta estaba pagada. Un empleado se acercó con una cajita: los waffles. En la parte superior, escrito con plumón, leí:
Gracias, Sofía. Hoy me hiciste sentir invisible de la mejor manera.
Mándame tu novela cuando esté lista;
me encantará leerla en uno de esos días de normalidad perfecta…
con café, lluvia y, tal vez, waffles.
P. D. Esa sudadera… “Drive me wild”… lo logró.
—LH
Sin fotos, sin pruebas, sin promesas de volvernos a ver. Solo un encuentro entre dos personas que conectaron en un café, con una caja de waffles como recuerdo.
Él pagó el café.
Yo guardé la historia.
Daniela Flores
Si te gustan las historias donde lo cotidiano se vuelve extraordinario, también puedes encontrar ese tipo de encuentros en mis libros:
Disponibles en Amazon.
