Libertad: el reto de aprender a habitarla.

Es marzo, y es inevitable toparse con el tema del feminismo y al hecho de que soy mujer.

También me enfrento con una incomodidad que ya tiene tiempo sucediéndome: no sentir que puedo tomar este movimiento plenamente como mío.

No porque no crea en él, sino porque por momentos sentí que tenía que defenderme cuando comenzaron a atribuírsele posturas con las que no me identificaba.

No escribo esto como una cátedra, sino como un intento de reconciliarme con mi propio feminismo.

Pero al reflexionar y mirar hacia atrás, la respuesta es clara: claro que soy feminista.

¿Cómo no serlo, si es gracias a ese movimiento que muchas de las libertades que hoy forman parte de mi vida cotidiana nacieron primero como derechos conquistados?

Votar, acceder a la universidad, abrir una cuenta bancaria a nuestro nombre, tener propiedad, firmar contratos, viajar, emprender, escribir y publicar bajo nuestro propio nombre.

Pero también hablo de libertades, sustentadas en derecho, que hoy parecen pequeñas, pero que durante mucho tiempo no lo fueron: usar pantalones, montar en bicicleta, hablar públicamente, participar en jurados o trabajar en profesiones antes reservadas para hombres y más.

Tal vez parte de la tensión actual viene de que estas libertades no llegaron como un regalo ni como una concesión amable.

No fueron simplemente reconocidas como los derechos humanos que siempre habían sido.

Fueron conquistadas.

Fueron el resultado de luchas largas, de fricciones sociales, de generaciones de mujeres que empujaron estructuras que no estaban dispuestas a cambiar.

Y cuando algo se conquista en medio del conflicto, es natural que quede una memoria de ese conflicto.

Como si la lucha nos habitara —todavía— y, cada vez que ejercemos esas libertades o encontramos oposición a ellas, volviera la memoria de la batalla que las hizo posibles.

Olvidar se siente casi como una deslealtad.

Muchas de las libertades que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana nacieron primero como derechos conquistados.

Y entonces aparece una pregunta distinta:

¿qué hacemos con esas libertades ahora que las tenemos?

Porque la libertad no consiste únicamente en poder hacer algo.
También implica decidir si queremos hacerlo, cómo hacerlo y qué responsabilidad estamos dispuestos a asumir con esa decisión.

Cuando puedo se convierte en debo, la libertad deja de ser libertad.

Y conviene recordarlo: toda libertad trae consigo una responsabilidad.

A veces surge una inquietud: cuando ciertos discursos intentan definir qué elecciones son aceptables y cuáles no, ¿no estamos reemplazando una autoridad por otra? Porque la libertad también implica poder cuestionar la forma en que se espera que la ejerzamos.

Durante mucho tiempo, en las estructuras sociales tradicionales, la responsabilidad de las decisiones recaía en figuras externas de autoridad: el padre, el esposo, la comunidad o las instituciones religiosas. Con la ampliación de la autonomía personal, esa responsabilidad comenzó a trasladarse hacia el individuo.

La libertad no solo abre opciones; también exige desarrollar el discernimiento necesario para ejercerlas. Y ese aprendizaje no ocurre únicamente a nivel personal. También es un proceso colectivo.

Tal vez lo que estamos viviendo hoy es precisamente eso: una etapa en la que una sociedad entera está aprendiendo a habitar libertades que antes no existían.

Quizá ahora comienza otra etapa: una en la que el desafío no sea únicamente conquistar libertades, sino aprender a habitarlas.

Pasar de un feminismo centrado en la conquista de derechos a una reflexión sobre cómo ejercer esos derechos con conciencia y responsabilidad.

En el fondo, me cuesta imaginar un feminismo que no pase por la experiencia íntima de ser mujer. No como una etiqueta que se adopta, sino como algo que se vive, se cuestiona y se integra: reconocer qué de ese movimiento me habita y qué no.

Porque la libertad no se vuelve real solo cuando se declara, sino cuando se encarna.

Y esa integración no ocurre en aislamiento. También se juega en la relación con el otro.

Esa transformación no solo afecta a las mujeres. También transforma inevitablemente a los hombres y la forma en que se construyen las relaciones entre ambos.

Durante siglos, muchas relaciones estuvieron organizadas a partir de jerarquías claras. Hoy la realidad es distinta.

Y eso abre una pregunta que tal vez apenas estamos empezando a explorar:

¿Qué tipo de masculinidad puede existir cuando la mujer ya no necesita permiso para decidir sobre su vida?

Tal vez la verdadera pregunta sea otra:

¿Cómo se construye una relación entre dos personas libres, donde ambos eligen y ambos se responsabilizan de ella?

Daniela Flores

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