Mientras navegaba las profundidades de Rogelio y Camila, me encontré con un par de espejos muy claros.
Por un lado, la mujer que se entrega incluso a pesar de sí misma,
porque así aprendió a amar.
La que confunde permanencia con lealtad, la que un día se cansa, duele y elige parar.
Pero también me encontré con el cansancio de Rogelio.
El de ser siempre el hombre que soluciona, el que carga, el que responde, incluso con su propio cuerpo, aun cuando ya no desea hacerlo.
Ambos amaban doliendo.
Desde lugares distintos, pero con la misma lógica aprendida.
Hasta que algo se quiebra.
No por falta de amor, sino por exceso de desgaste.
Y entonces se atreven a elegir diferente.
El tiempo no es lineal no es solo una historia de amor.
Es una historia de crecimiento personal.
Habla de la masculinidad, del sexo casual y del vacío que a veces deja, de las relaciones de poder, del apego y del cansancio de repetir los mismos patrones.
También habla de estar solo, de aprender a habitarse sin anestesia, de sostener el deseo sin huir y de hacerse responsable de lo que se siente.
Camila y Rogelio no se salvan entre ellos.
Aprenden a mirarse, a atravesar sus sombras y a elegir distinto.
Daniela Flores
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