Los Glowys

Los Glowys

Coqui jugaba a esconderse de sí misma en el mejor lugar posible: entre la multitud, una más entre todos.

Si se perdía ahí, no había forma de encontrarse con ella y tener que enfrentarse a las partes rotas. La multitud era refugio y vacío al mismo tiempo: un lugar donde el ruido ajeno podía tapar el silencio que tanto temía.

Cuando realmente lo necesite, alguien más me lo hará notar, pensaba. Aparte, no soy la única con hoyitos, todos los tenemos. Tal vez eso es lo normal.

Coqui se mandaba todas las mañanas rota al mundo. Y, como todos en el mundo exterior, usaba de todo para tapar sus heridas. Nadie hablaba de ellas, y aprendió a hacer lo mismo.

Se volvió una reina en esconder sus heridas.
Por las noches, cuando dolían mucho, las pegaba con stickers de brillitos.
El chasquido leve al presionarlos contra la piel se volvió un ritual mecánico: alivio inmediato para lo que dolía por dentro, pero también una segunda piel que ocultaba lo que no quería mostrar por fuera.

Como nueva, pensaba cuando se veía en el espejo.

Comenzó a confundir el brillo de los stickers con su brillo interno, ese que una vez tuvo cuando era pequeña.
Y como nadie hablaba de eso, pensó que era normal perderlo.
Así se fue a dormir orgullosa de su cuerpo colmado de stickers brillantes de la mejor calidad.
Claro: ella merecía lo mejor.


Lo peor estaba por venir.

Un día, en el bus, se subió una mujer y se sentó frente a ella. No pudo olvidarla.
Su brillo era real.
Como pequeños destellos, no se veían uniones ni parches.

Su ropa dejaba entrever lo que había debajo y, cuando el tirante de su hombro izquierdo cayó un poco, pudo ver algo que la dejó perpleja.
Quiso tocarlas. ¿Qué era eso?
Heridas sanadas.
Nunca había visto una. Todo el mundo usaba glowy stickers.

La mujer se acomodó el tirante y, al hacerlo, dejó ver otro poco.
Sí, era piel unida, cicatrizada sin necesidad de stickers. Un brillo distinto al de la piel intacta: más suave, más profundo.

¿Cómo era posible que eso existiera?
¿Las heridas podían sanar al grado de no volver a abrirse, de no doler, de seguir brillando sin disfraces?

Hasta ahora, su teoría era simple: la luz escapaba de las heridas, por eso se usaban los glowys, para mantenerlas cerradas y evocar un brillo que, en realidad, no era propio.

Todo el día tuvo esa imagen en la mente.
¿Cómo había logrado esa mujer cerrar sus heridas sin glowys?
Se preguntó cómo sería vivir así: sin tanta precaución, sin glowys, sin escoger cada mañana la ropa exacta, sin el miedo constante a mostrar una herida y que se abriera en el momento más inoportuno.

Recordó entonces lo que siempre había escuchado, casi como un mandato no escrito: adentro podía doler, afuera no debía notarse.

Y, sin embargo, aquella visión le removió algo más hondo.
De niña, su piel había sido así: brillante por sí misma, capaz de cerrar los pequeños rasguños de la infancia sin ayuda de nada.

En esas épocas, su abuela guardaba una cajita de crema de flores y decía:
—Georgina, esta cremita cura de verdad.

Ella, pequeña aún, lo veía como un juego extraño de mujeres ancianas.
Hasta que creció.
Cuando tuvo su primera herida grande, alguien le mostró los glowys y desde entonces los usó sin pensar. Poco a poco olvidó aquella cajita, relegada al rincón de los recuerdos, como un objeto antiguo sin función real.

Tal vez las heridas solo sanaban de verdad cuando una ya era vieja, pensó.
Y por eso había asumido que lo suyo era normal: brillar prestado, tapar, ocultar.

Al final, lo único que mantenía las heridas cerradas eran los glowys.
¿A qué hora tenía uno tiempo de sanarse? ¿A poco iba a andar por ahí con la herida abierta, mostrándola al mundo?

Además, los glowys eran prácticos, bonitos, brillaban. Todo el mundo los usaba y, para acabarla, hasta te los chuleaban.
Era más fácil seguir la corriente que recordar que alguna vez existió otra forma.


Pero esa certeza se tambaleó cuando recordó la herida más incómoda que había vivido, una que ni los glowys pudieron contener.

Ocurrió una noche, en medio de una cena. Estaba disfrutando la conversación, ligera, casi olvidada de sí misma, cuando alguien mencionó justo aquello que tocaba la fibra más sensible.

Sintió un pulso adentro.
No, por favor, ahora no.

La herida se abrió como si nunca hubiera estado cubierta.

Se excusó de la mesa, con la sonrisa forzada de quien intenta aparentar normalidad.
Caminó directo hacia la zona de glowys, pero no había del tamaño que necesitaba.

El miedo subió por su garganta: ¿cómo iba a regresar a la mesa con esa herida viva, llorando frente a todos?

La otra opción era tomar un glowy líquido, el que recorría todo el cuerpo y taponeaba desde dentro.
Pero la resaca… recordó.
Al día siguiente, todas las heridas llorarían juntas.

Se colgó el saco sobre los hombros y salió a la calle, tragando la rabia de perder una noche que prometía ser buena.

Durante el trayecto en bus la herida no paró de llorar.
En cada bache parecía abrirse más.

Llegó a casa empapada en ese llanto silencioso que solo ella podía sentir.
Esa vez no hubo stickers que la salvaran.
Tuvo que envolverla en paños gruesos, dejarla sangrar toda la noche.
Al amanecer, seca al fin, pudo cubrirla de nuevo con glowys.


El día del descubrimiento algo cambió.
La imagen de aquella mujer en el bus volvió como un eco insistente.

Por primera vez en años Coqui se atrevió a mirarse en el espejo sin cubrirse.
Uno por uno fue retirando los glowys, incluso aquellos que no tapaban heridas, solo los que usaba por costumbre, como adornos.

La piel, desnuda al reflejo, le devolvió un rostro que no recordaba.
Soy yo. Así soy yo, pensó, sorprendida de poder reconocerse.

Se quedó quieta, observando el mapa de cicatrices frescas y heridas aún abiertas, sin los brillos que las disfrazaban.
Por un instante, sintió que el silencio no era tan insoportable como antes.

Sacó la cajita vieja que su madre le había heredado de la abuela.
“Una cosa antigua que tu abuela me dio”, le había dicho cuando se la entregó.

Al abrirla, un olor a flores inundó la habitación.
El canto de sus ancestras parecía salir de ese pequeño cofre y rodearla con un murmullo suave:

“Georgina, sánate, mi niña linda, con esta cremita de flores que curan cualquier herida.”

Así comenzó el ritual que su madre le había enseñado de niña, como un juego antes de que ambas lo olvidaran.

Nunca pensó que realmente curara heridas.
Ella había visto a su madre usar glowys siempre, aunque tenía una que otra herida curada.

La verdad es que no eran temas de conversación.

Nadie hablaba sobre sus heridas, pero sí sobre los glowys: las nuevas tecnologías y los métodos para hacerlos más efectivos cubriendo la piel.

Comenzó con el ritual que tantas veces había jugado con su madre.
Cepilló su cabello y lo tejió en una trenza larga.
Untó la crema en forma de infinito, con apreciación y agradecimiento.

Recordó la voz de su madre frente al espejo:
“Repite: siempre estoy dispuesta a verte.
Toma la flor y deja el daño detrás.”

Lo hizo así con las heridas que alcanzó a tocar.
Las más grandes necesitarían más crema, que debía preparar.
Sabía que tendría que ir a las montañas, hablar con ellas y pedir las flores.

Allí los glowys no servían.
Las montañas no daban flores a quien se presentara cubierto.
Solo a quien mostraba sus heridas.

Ella lo sabía, siempre lo supo, pero por años lo evitó.
Era tedioso, doloroso y no quería ayuda.
Quería demostrar que ese mundo no era real, que solo eran cosas de su abuela.

Su madre había hecho todo lo posible por enseñarle la tradición, aunque también usaba glowys de vez en cuando.
La abuela, claro, había recurrido a los de primera generación.

Así pasa siempre: uno se adapta al ruido del mundo y olvida la voz antigua que también lo habita.


A la mañana siguiente, las heridas más pequeñas habían comenzado a curar.
Aún no brillaban, pero ya no lloraban ni una lágrima.

Decidió dejarlas sin glowys, solo con la crema de flores.
Era su pequeño secreto.

Se sentía como una heroína encubierta, rebelándose contra el sistema.

En un solo día había recuperado una sensación perdida hacía años: la de sentirse poderosa siendo ella misma, como cuando era niña con la piel brillante y jugaba a salvar al mundo.

Ahora, comenzaba a salvar el suyo.

Así pasaron dos semanas.
Las heridas pequeñas comenzaron a curar del todo y a brillar con un tono nuevo.
Algunas tomaron un rosa con destellos dorados; otras, vetas verde aqua con hilos luminosos que parecían bordados en la piel.

Le encantó.

Se armó de valor y sacó del clóset el vestido de flores que había evitado tantas veces.
Era ligero, de verano, dejaba toda la espalda descubierta.
Allí se veían sus heridas curadas, los primeros brillos mezclados con otras que aún no sanaban.

Lo acompañó con glowys decorativos, y así encontró el valor de salir a la calle con pedazos de su piel sanada mezclados con las heridas que aún no cerraban.


Sus amigas en el trabajo se quedaron boquiabiertas cuando la vieron llegar.

Susana, su amiga más cercana, la tomó del brazo y la apartó un poco del grupo.
Solo entonces, bajando la voz, fue la primera en romper el silencio:

—¿Quién es esta impostora en el cuerpo de mi amiga, la reina del glowy?

Coqui sonrió.

—Sí, soy yo. Estoy probando no tapar mis heridas.

—¿Pero no eras tú la que decía que era tedioso, pesado y un gasto de energía innecesario?

—Sí, Sus, pero… ¿y si no lo es? ¿Te digo algo?

—Claro, habla, cariño.

—Estoy cansada de taparlas. La otra vez alguien mencionó a su ex y mi herida lloró toda la noche. No hubo glowys que la cubrieran, hasta tuve que usar paños.

—¿Por qué no tomaste glowy?

—Porque sabes que me da una resaca terrible. Y luego lloran todas las demás.

—Sí, lo había olvidado. Eres mala tomándolo.

Susana se quedó colgada en sus pensamientos. Se notaba en su mirada cómo comenzaba a florecer la idea de vivir sin cubrirlas. Tuvo su momento de bus, como el que ella había tenido.

—¿Cómo se siente?

—Como si fuera más flexible, con menos peso… y me encanta la suavidad que tienen.

—¿Puedo tocarlas?

—Claro. Solo hazlo despacio, con apreciación y agradecimiento —decía siempre su abuela.

—Ay, Coqui, ¿qué te tomaste? —le hizo una mueca de “tómatelo en serio”.

—Está bien, te las tocaré con apreciación y agradecimiento, lo prometo.

Conocía a Sus. Sabía que lo haría. Ambas se habían vuelto indiferentes a sus heridas. Salían de fiesta, no tenían relaciones serias ni vínculos con sus familias. Su única parte estable y constante era el trabajo… y su amistad.

—Se siente a vivido, a agradecimiento… Pues ¿qué le has echado, que me hace decir estas cosas tan filosóficas? —refunfuñó, como si Coqui la obligara a recitar la plegaria de la abuela—. Eso es raro, amiga, pero se siente bien, debo confesar. Suave, y los colores son hermosos.

—Sí, eso me encanta. Es como traer glowys personalizados, y cada día brillan más… ¿quieres ver algo raro?

—¿Más raro que esto? No me voy a poner a soltar cantos de agradecimiento, ¿verdad?

Ella rió tan fuerte como hacía años que no lo hacía. Los glowys no se soltaron. Ambas se quedaron impactadas: no sabía que se podía reír mejor también con las heridas sanadas.

—Vamos, ¿qué cosa rara más me querías mostrar?

—Sí, creo… Mira el tono de mi piel.

Le mostró una parte de la pierna completamente sanada. Su piel brillaba como la arena, con un tono dorado uniforme y una suavidad que no recordaba.

Susana seguía mirándola con una mezcla de asombro y ternura.

El silencio entre ambas no pesaba; miró a su amiga y pudo reconocer en ella lo que ahora veía en sí.

Una mujer sanada.


Con el paso de los días, la cremita heredada quedó casi vacía.

Se había convertido en un ritual de ternura, pero no alcanzaba para lo que faltaba.

Las heridas más hondas seguían ahí, dispuestas a sanar, latiendo en silencio, esperando.

Georgina sabía —porque su abuela se lo había enseñado— que llegaría el momento de ir a las montañas.
Allí los glowys no servían.
Las flores solo se entregaban a quienes llegaban con las heridas abiertas, visibles, con el valor de mostrarlas sin cubrir.

Una mañana, al amanecer, se sintió fuerte para hacerlo.
Guardó la cajita heredada en su bolso como quien lleva un relicario.
Estaba vacía: ahora le tocaba a ella llenarla con las flores que las montañas le quisieran dar.

Se puso el vestido de flores, no como un disfraz, sino como un estandarte.
Había descubierto que, si bien su piel brillaba diferente, nadie brillaba como ella.

Y caminó hacia el horizonte, ligera, con la espalda descubierta.

Cuando la bruma de las montañas se abrió ante ella, el aire la envolvió como un canto antiguo.
La tierra parecía reconocerla.
Las primeras flores silvestres se mecían suavemente, como si ya la estuvieran esperando.

No como Coqui, la de los glowys.
La nombraba como lo había hecho su abuela: Georgina.

Y así, con cada paso, ganaba fuerza en su andar.
Fue recibida no solo por las montañas, sino por sí misma.

Ya no era una niña jugando a salvar al mundo.

Ahora era una mujer dispuesta a salvar el suyo.

Daniela Flores

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