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Esta sensación de hundirte en la pintura de un cuadro... ¿cómo se llamará?
Viena, fue un regalo. Me recibió con un festival de la cosecha, con música tradicional y sus vinos locales. Y yo, ¡salud!. Sus jardines, su historia, su realeza por todas partes.
Klimt, su revolución más allá del beso.
Egon, su intensidad en cada uno de sus cuadros que te obliga a mirarlos.
Secession, ¡que belleza!, parece una cajita de regalo en medio de la ciudad.
Viena y sus cafés, sus panes, su sacher, su mercadillo con delicias turcas que te llaman para que compres ahí.. sus baños públicos limpios por doquier, su facilidad para caminarla, para moverte, los vienenses atentos con su alemán cálido. Nuestro amor por el café.
Su Belvedere y sus jardínes, su Sissi, sus chocolates emblemáticos, con su llamado al cambio con el arte como estandarte.
Con su gente tumbada fuera del museo leyendo, encontrándose para tomar algo o leer juntos. Viena, con sus huequitos para aquellos que buscamos un pedacito de paz.
Viena y su historia detrás, la que no pretenden olvidar.
Viena y sus techos.
Viena y sus parques pintarrajeadas, sus niños jugando, los locales tomando cerveza a mitad de día en pleno parque mientras vemos los patitos.
Viena que combina la tradición con lo moderno, en una negociación silenciosa pero que se mezcla bien. He andado pensando en ella, en lo bien que me sentí, lo bonita que es, lo bien que nos acoplamos con la lluvia y con el sol.
Daniela Flores













